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Opinión | Tribuna libre

El belén sigue en casa

Hace ya seis años que el papa Francisco nos dejaba la carta apostólica Admirabile signum para explicar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad el significado del belén. Hoy seguimos viendo belenes en tiendas, casas y colegios, a pesar de sufrir el acoso de ejércitos de elfos esclavizadores de padres capitaneados por Mariah Carey y su sempiterno All I want for Christmas is you.

El difunto Papa nos quería transmitir un mensaje muy sencillo, de salvación, de humildad. Jesús venía a nacer en lo más ínfimo de un pequeño poblado llamado Belén, cerca de Jerusalén. Un mísero pesebre en el que se alimentaban las bestias rodeado de paja con el aliento de una mula, representando a los gentiles, y un buey, simbolizando al pueblo judío. Estos animales no aparecen en los evangelios canónicos, lo hacen en el evangelio del Pseudo Mateo, una obra muy tardía no incluida por la Iglesia en el canon bíblico.

Nos contaba el Papa que la tradición implicaba colocar las figuras secuencialmente: primero el paisaje, la cueva, los elementos naturales; más tarde el Niño, el 25 de diciembre, fecha consensuada del Nacimiento; y terminar el 6 de enero colocando las figuras de los tres Reyes Magos. Esta bella tradición de montar el belén que, como me recordaba un amigo trae mala suerte ponerlo antes del 8 de diciembre, nacía allá por el siglo XIII fruto de una intuición de san Francisco de Asís, el Poverello, que quiso representar el momento exacto del nacimiento del Hijo de Dios de una manera realista. Para ello se valió de un hombre llamado Juan que le ayudó a recrear ese momento icónico, y así lo hizo sin representaciones humanas, pero con un realismo que llevó a los lugareños de Greccio a poner de moda una nueva tradición.

León XIV nos recuerda en estos días que «Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios», parafraseando unas líneas del Sermón 371 de san Agustín. Naciendo en una pobre cueva para albergar animales se ha querido hacer como el más pobre de los pobres para que el ser humano sepa dónde está la verdadera perfección, dónde está Dios.

Un Dios que quiere manifestarse primero a los más pobres, los pastores. Aquellos que dormían al raso, los que veían en ese niño al Mesías que les liberaría del yugo de Roma. Primero a ellos, después les tocaría a los Reyes Magos adorar al Niño Jesús; los poderosos después de los pobres.

Tres palabras me vienen a la mente al contemplar un belén. Familia, porque un belén que no se pone en familia es solo un atrezzo sin corazón en un escaparate cualquiera. Alegría, por recibir al Niño que cada año nos recuerda que de lo sencillo nace lo más bello. Y, sin duda, la palabra amor porque aquel que cada año nace nos enseñó que se podía y se puede amar incluso a los enemigos.

*Profesor

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