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Opinión | Susurros de la naturaleza

El acebo, símbolo verde de la Navidad

Con la llegada de la Navidad, las ciudades se transforman. Las calles se visten de luces, colores y sonidos festivos; y la música navideña acompaña el ir y venir de las personas. Todo ello crea un ambiente especial, colmado de alegría y esperanza, que nos recuerda la importancia de compartir, de reunirnos con nuestros seres queridos y de disfrutar de los pequeños instantes que aportan calidez a esta época del año.

En estos días también nos acompañan plantas profundamente asociadas a la Navidad. Una de ellas es el acebo (Ilex aquifolium), quizá una de las especies más emblemáticas de estas fechas. Siempre me ha llamado la atención su porte discreto y, al mismo tiempo, su fuerza visual: hojas duras, de un verde intenso y brillante, con bordes dentados inconfundibles. Sin embargo, su rasgo más llamativo son los frutos, esas bayas carnosas de un rojo vivo que lo han convertido en un elemento decorativo tradicional. No todos los individuos los producen, algo que muchos desconocen, ya que se trata de una especie dioica; es decir, solo los ejemplares femeninos nos regalan esas bayas que tanto asociamos a la Navidad.

Aunque las flores del acebo suelen pasar desapercibidas, a mí me gusta detenerme en ellas destacando su belleza discreta. Son pequeñas, de color blanco o ligeramente rosado, y aparecen solas o reunidas en densos conjuntos que, con una sola mirada, transmiten serenidad.

El acebo se distribuye por gran parte de Europa y Asia. A pesar de que su aspecto podría hacernos pensar en un origen mediterráneo, por la dureza de sus hojas, similares a las de la encina, lo cierto es que se siente más cómodo en climas templados, húmedos y sombríos. Prefiere los bosques de robles y abetos, esos espacios frescos donde la luz se filtra con timidez.

En el ámbito mediterráneo su presencia es más escasa y casi testimonial. En Andalucía, por ejemplo, aparece de forma aislada en zonas montañosas con suficiente humedad, como Sierra Nevada, la Sierra de Cazorla y Segura, la Serranía de Ronda o la Sierra de Algeciras, dentro del Parque Natural de los Alcornocales. Precisamente por esa rareza, el acebo está protegido en nuestra comunidad y su recolección está totalmente prohibida, algo que conviene recordar ahora que aumenta su demanda con fines decorativos.

No es casual que el acebo esté tan vinculado a la tradición navideña. Un antiguo villancico inglés, The Holly and the Ivy (El acebo y la hiedra), lo eleva a símbolo indiscutible de estas fiestas, otorgándole incluso la «corona» entre las especies que conviven en el bosque. Esa carga simbólica se suma a una larga historia de usos y creencias.

Desde antiguo, el acebo despertó el interés de la medicina popular. Sus frutos se empleaban como purgantes y las hojas, en infusión, como diuréticas y laxantes. Ya Aristóteles lo mencionó bajo el nombre de «prínos», y su discípulo Teofrasto dejó una descripción precisa de esta planta siempreverde de hojas coriáceas, de la que se obtenía una sustancia pegajosa, la llamada «liga», utilizada para la caza de aves. Resulta paradójico pensar que aquello que servía para atraparlas sea hoy alimento para muchas especies que encuentran en sus frutos un recurso esencial en invierno.

También su madera, dura y resistente, ha sido apreciada a lo largo de la historia. Como curiosidad, durante la reconstrucción del Palacio Real de Madrid en el siglo XVIII se utilizó madera de acebo en algunas ventanas, precisamente por su durabilidad. No es de extrañar, por tanto, que hoy esté protegida en numerosos países europeos como parte de nuestro patrimonio natural y cultural.

Quizá por todo ello, cada vez que veo un acebo, ya sea en el monte o en algún rincón umbrío de un jardín, no puedo evitar detenerme un momento. Me recuerda que la Navidad también puede ser eso: una pausa, una mirada atenta a lo sencillo, una conexión con la naturaleza y con las tradiciones que nos preceden.

Desde aquí, quiero desear unas felices fiestas, vividas con calma, junto a la familia y los amigos, valorando esos pequeños instantes que dan verdadero sentido a estas fechas y que, hoy más que nunca, resultan tan necesarios.

*Catedrática de Botánica de la Universidad de Córdoba

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