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Opinión | Caligrafía

Sutileza

Esta columna iba a intitularse El sutil arte de no ofender a la gente que no se queja, pero ese derroche de caracteres no es para hacerlo en las cursivas, sino en el cuerpo principal, y burla burlando ya sumo tres patos. Hay gente sufrida, que cuando la hieren se calla, y pone buena cara y alarga las amistades entre fangos y desidias. Hay gente a la que puede dañarse con un mal gesto, una voz, un olvido, una soberbia mal medida que a lo mejor sólo quería conquistar. Hay gente que acumula los desplantes y las faltas y son como una especie de monumental bazo, un tremendo páncreas ambulante, que va filtrando la mala sangre ajena. No son asertivos ni autoritarios ni alfas ni mandangas vendedoras, son esa cosa terriblemente anticuada y maravillosa y balsámica: son educados. Y ah, esa educación actúa como un suelo de esponja, como esa hierba mojada de los senderos que limpia el barro de las botas y parece que no se han manchado. Por la educación de ellos, y su silencio, se convencen los demás de su finura, que a lo mejor es la finura de un tejón malayo. No ofender al que grita al primer roce es fácil. ¿Pero cómo guardar al que no se queja? Requiere sensibilidades parejas y una misma escuela de tonos de voz y crianzas y abstenciones y renuncias (verán que no hago más esta semana que aliterar). Es un arte que debe aprenderse, el de imaginar que a lo mejor estamos ofendiendo aunque no se nos diga, e ir corrigiendo las conductas. Porque el problema de esa gente tan sufrida, que son columnas verdaderas de hierro, elásticos globos que se hinchan e hinchan imperturbables y sin molestar, es que estallan un día y ya no tiene arreglo.

*Abogado

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