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Opinión | A pie de tierra

Empatía

«Sentimiento de identificación con algo o con alguien»; o «capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos». Son las definiciones que aparecen en el diccionario de la RAE de esta preciosa palabra, que tanto se echa de menos hoy en todos los ámbitos de la vida. Empatía esperamos encontrar -con demasiada frecuencia estérilmente- cuando acudimos al médico, vamos al supermercado y alguien no respeta la cola, u observamos cómo muchos de quienes pasean a diario sus perros por la calles de la ciudad dejan impunemente el ‘regalo’ para que lo pisen los demás. En realidad no es sino ponerse en el lugar del otro, imaginar cómo se siente y tratar de actuar de forma que no se lo lastime o se le genere algún tipo de mal; en el fondo, más allá de que uno pueda traerlo de fábrica o se le enseñe en casa como herramienta para enfrentar el mundo, una simple cuestión de educación.

Por eso, me ha sorprendido mucho saber que en los colegios de Dinamarca se imparte desde el año 1993 una asignatura obligatoria, «Klassens tid» (la hora de la clase), en la que los alumnos de edades comprendidas entre los 6 y los 16 años dedican una sesión cada semana a escuchar con calma lo que tienen que decir sus compañeros, a comprender las emociones y sentimientos del resto, a ayudarse entre ellos y a resolver cualquier tipo de conflicto o problema, individual, colectivo o familiar, de dentro o de fuera del colegio; es decir, a lo que en términos genéricos podríamos calificar de habilidades sociales, respeto y empatía, algo que se ha traducido en una bajísima tasa de acoso escolar y un bienestar colectivo muy superior al de otros países de Europa. De hecho, Dinamarca se viene clasificando sistemáticamente en los informes de la ONU entre las tres naciones más felices del mundo.

¿Se imaginan que en España copiáramos la medida...? Tal vez así se resolverían del tirón muchas de las cuestiones antes citadas y, tal vez, sólo tal vez, nuestros políticos aprenderían a respetarse y a respetarnos; empezarían a trabajar por el bien común con vocación renovada de servicio público; dejarían de levantar muros o cavar trincheras para pensar en sumar esfuerzos y afanarse en pro de todos los españoles; se olvidarían de robar para, dejando la corrupción de lado, emplear sus esfuerzos en sacar adelante aquellas medidas que pudieran beneficiar al país; aparcarían los insultos y las descalificaciones para pensar en ser y resultar ejemplares; aprenderían que en realidad son representantes de quienes un día los votaron y han de estar a la altura moral del cargo que ocupan; alejarían cualquier tentación autoritaria en beneficio del consenso, de aunar sinergias, de unir en lugar de separar. Es pura ciencia ficción, ya lo sé; pero todos aquellos que se dedican a la cosa pública deberían pararse un minuto a pensar en que el ciudadano empieza a estar harto, a echar de menos a alguien que lo represente con dignidad, honradez y eficiencia, a sentir vergüenza ante el lamentable espectáculo al que asistimos a diario, a añorar una España unida y sin fricciones, en la que nos sintamos orgullosos de aquello que nos identifica y trabajemos por reforzar lazos, no por dividir.

Puede sonar a utopía, pero se supone que la Navidad es época de buenos deseos, y está a punto de comenzar un nuevo año. Déjenme por tanto terminar augurándoles unas muy felices Fiestas y que 2026 les traiga mucha salud (o que por lo menos nos deje como estamos) y haga realidad material sus sueños. El mío no se cumplirá, pero al menos no habrán podido robarme también la capacidad de imaginarlo.

*Catedrático de Arqueología de la UCO

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