Opinión | Colaboración
El día que Homer lloró
La abstención refleja la decepción ciudadana y el abandono de la responsabilidad cívica
En breve van a ser las elecciones en Springfield y todos están un poco nerviosos, aunque nadie sabe bien por qué. Homer pasa cada día frente a la planta nuclear y bosteza, pensando que votar es tan decisivo como elegir un canal de televisión. Hace el amago de reflexionar sobre a quién apoyar, pero el pensamiento se desvanece con la misma rapidez con que desaparece un donut. Si Platón levantara la cabeza… seguramente se indignaría. Lisa camina con libros bajo el brazo, intentando advertir que la escuela se cae a pedazos y que los enfermos esperan sin remedio. Nadie la escucha; menos quienes deberían ocuparse de estas cosas. El sentido común ha sido reemplazado por la comodidad de mirar y asentir sin afección, y la ética se ha vuelto un recuerdo lejano, como un viejo manual olvidado en la biblioteca de Springfield. Marge recorre el mercado murmurando que hay que participar, pero sus vecinos responden con indiferencia: promesas huecas, gestos rituales destinados más a los políticos que a los ciudadanos. Muchos confiesan que no acudirán a los comicios: sus problemas no interesan a los candidatos, que solo compiten entre sí. Mientras tanto, Bart hace piruetas sobre su bicicleta, burlándose de la solemnidad de los adultos. Nietzsche quizá le dedicaría una sonrisa: el sistema funciona incluso cuando nadie lo comprende, y la risa de Bart se convierte en la única resistencia ante un absurdo que se repite sin cesar. El alcalde Quimby practica su sonrisa frente al espejo, preocupado por la apariencia. Desde lo alto, el Sr. Burns observa satisfecho: mientras la ciudad se distrae con rituales y resignación, el poder permanece intacto, elegante en su vacío.
Año tras año, la abstención crece, no por desinterés, sino por decepción. Los ciudadanos saben que su voz existe, pero sienten que nunca será escuchada; que los problemas reales -calles rotas, escuelas desmoronadas, sueldos insuficientes- quedan fuera del escenario de decisiones. Arendt señalaría que la política exige espacio público y acción compartida, pero Springfield ha convertido ese espacio en un teatro donde importa más la ilusión de participación que la acción misma. La democracia se diluye poco a poco. Con el tiempo se convertirá en una palabra por la que Homer preguntará porque no sabrá su significado. La abstención es el final de la democracia, el abandono de la responsabilidad cívica.
*Profesor de Filosofía
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