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Opinión | Salida de emergencia

ángela labordeta

Los parientes

En los partidos los hay de tantos tipos que su presencia provoca el cansancio que destila la condición humana cuando se cree única, poderosa y casi diosa

Mi abuela, la madre de mi padre, decía que las únicas personas que le resultaban aburridas eran los parientes, que no eran ni su marido ni sus hijos ni sus nietas, sino todas aquellas personas que pasaban por la casa contando siempre los mismos chismes y pidiendo siempre los mismos favores. A la abuela le aburrían tanto que a todo decía que sí con la esperanza de que la visita no se prolongara hasta la cena, porque si eso sucedía, había que invitarlos a cenar en la mesa familiar, cosa que en algún caso ocurrió y fue un auténtico despropósito, porque con la confianza del mantel y el calor del vino aquellos parientes incluso le llegaron a pedir a la abuela que les compensara con una cantidad mensual por haber nacido ella y no ellos en un lugar y no en el otro. Yo sé que la abuela ayudaba a muchos parientes y también no parientes, pero esa forma incisiva y culpabilizadora de solicitar las cosas era algo que mi abuela no soportaba y le llegaba a aburrir tanto que bostezaba mucho y se quedaba dormida ante la atónita mirada de aquellos parientes que no tenían nada interesante que contar y que tampoco quisieron nunca a la abuela.

En los partidos políticos, en unos y otros, hay parientes y los hay de tantos tipos que su presencia provoca cansancio y un disgustado aburrimiento, el que destila la condición humana cuando se cree única, poderosa y casi diosa. Los hay lascivos, los hay que mienten, los hay que piden y luego roban, los hay que acosan, los hay maleducados, los hay cobardes, los hay que traicionan, los hay desleales y ostentosos, los hay que solo saben leer la vida en letras doradas y también los que practican un ejemplo de supervivencia nada desdeñable cuando todo está patas arriba y languidecen todos los propósitos.

Estos últimos son una especie casi única que se niega a ver las cosas como las ve el resto, que se niega a escuchar lo que todos escuchan, que se niega a leer lo que todos leen y que cuando le dicen que con el paso del tiempo verá las cosas de otra manera, contesta que no será él, sino otro el que las vea de otra manera. Esta es la clase de pariente que mi abuela nunca tuvo y al que añoraba cuando los otros, clones de clones, cerraban la puerta de la casa.

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