Opinión | Escenario
Marisol Salcedo
La ley de Murphy
No voy a detenerme a explicar lo que la sabiduría popular ha dado en llamar Ley de Murphy, ni sus interesantes orígenes, pero la idea de que «si algo puede salir mal, saldrá mal» me ha estado rondando por la cabeza las últimas semanas. Lo explico: aprovechando los buenos precios del famoso ‘black friday’ -la verdad, ya no sé si me suena más cursi en español o en inglés- compré tres electrodomésticos cuya renovación había estado retrasando, en parte por desidia y en parte por temor al revoltijo que se forma en la casa por cualquier pequeñez que se salga de lo corriente. Lo cierto es que el horno llevaba sin funcionar más de un año, aunque me arreglé sin él porque sus funciones las fui supliendo con la freidora de aire; y a la placa de inducción sólo le quedaba sano un fuego. Yo, resistiendo. A finales de noviembre se estropeó el lavavajillas y eso marcó el límite. Me fui a una tienda de garantía, donde me atendieron exquisitamente, y compré las tres cosas.
Pasaron un par de días antes de que me avisaran que el envío estaba de camino. Llegaron dos transportistas con el horno y el lavavajillas -la placa, no- me dejaron el horno en el salón -no cabía en otra parte con todos los cartones y plásticos de las envolturas- y se llevaron el lavavajillas viejo y el nuevo, porque al salir del ascensor, se dieron cuenta de que traía un bollo en la puerta: «No se preocupe usted, señora, que se lo cambiamos sin ningún problema.» Y se fueron. Al día siguiente me llamaron los instaladores: «Que vamos a instalarle el horno y la placa.» Y yo: «El horno, sí, pero la placa no ha llegado todavía.» Y ellos: «Pues cuando llegue, iremos a instalarle las dos cosas.» A lo mejor cuando estén leyendo esta columna, habrá llegado la placa, pero de momento, no. Y el lavavajillas, tampoco.
Total, que tengo el horno en medio del salón y para movernos -mis hijos y mis nietos han estado aquí en el puente- tenemos que ejecutar una especie de danza ritual a base de pasos largos, cortos y de puntillas, para deslizarnos sin chocar con los muebles. Y mis nietos, que tienen una visión especial para descubrir oportunidades lúdicas, corren alrededor -ellos sí caben- o se suben encima. Se me olvidaba decirles que al quitar el lavavajillas la toma de agua se quedó goteando y no somos capaces de cerrarla del todo, por lo que debajo del fregadero he puesto un cubo que debo vaciar cada doce horas. Harta de llamar por teléfono y de escuchar la retahíla de que la conversación será grabada -debe ser para impedir las palabras gruesas- me he personado en la tienda. Me han dado la razón y pedido mil perdones, pero todo sigue igual. Murphy. n
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