Opinión | Cielo abierto
Completemos la historia
El lazo emocional con que hilamos la historia la conecta a nosotros. Más allá del tema, más allá de los personajes y de sus descripciones, sus derrotas y sus ensoñaciones, sus coherencias o sus trapacerías, necesitamos vernos a nosotros mismos dentro de todo aquello que ahora se nos está contando: porque estamos sintiendo, ante una película o un libro, ante cualquier noticia, una estafa más o la penúltima carcajada del líder cada vez menos carismático. Somos parte activa, lo queramos o no, cada vez que nos lanzan un relato, fabulado o real, con su red envolvente y con sus referencias, y estamos atravesando la pantalla, el tejido de letras o las voces de los actores, su vigor de aire, porque toda historia está hecha para ser recibida por alguien, y esas campanas siguen sonando por ti.
La brizna narrativa se desprende de un mapa de palabras que nos está invitando a abrirlo y recorrerlo. Cualquier relato, el que leemos, el que escuchamos o el que estamos viendo, tiene que atravesarnos y después alcanzar su sentido. Hacemos nuestro el dolor y nuestra es la ternura, hacemos nuestra la significación de cualquier argumento, porque mucho antes de comenzar a amar una narración hay que haberla vivido, hay que haberla habitado. Todo lo que vemos y escuchamos, todo lo que leemos, todo lo que nos cuentan, se completa y se afirma al confrontarlo con nuestro equipaje de mano: esa asimilación que es nuestra vida y también se convierte en una identidad, como esa novela en marcha que jamás se detiene, mientras podamos leerla. Tenemos un espejo interior que refleja toda la realidad, que nos sirve de lúcido contraste y nos ayuda a ubicarnos en el escenario. Porque cualquier historia se completa cuando llega hasta nosotros, nos llama y nos ocupa.
Todo eso configura o va esculpiendo pensamiento y vivencia. La corrupción es otro relato que llega hasta nosotros, nos llama y nos ocupa, porque también debemos aceptarlo o no. Cada vez que asumimos una indignidad porque los contrarios son peores, nos estamos vejando, nos estamos matando dentro de nuestro relato colectivo. Echar balones fuera o mirar a otra parte, por mucho que uno se ampare en su ideología más o menos fraterna, nunca ha sido una forma de contar una historia. La dignidad también se ejerce y se relata a sí misma cada vez que negamos un abuso o una mentira exhibida descaradamente cada día. Se lo digo veinte veces: no voy a pactar con Bildu. Y así con todo. Hablar de golpismo judicial si la sentencia no te conviene, pero acatar la autoridad judicial cuando te beneficia, es más una historia de trileros. Me gustan los relatos que al final nos ayudan a encontrar lo mejor de nosotros, por muy hondo que lo hayan enterrado.
*Escritor
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