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Opinión | Paso a paso

Belén proscrito

Hubo un tiempo en que el belén era el corazón palpitante de la casa: aquellas figuras toscas, de barro, dibujaban un mapa del misterio que los niños recorríamos con devoción. Hoy, en cambio, el pesebre ha sido relegado al desván; en muchos colegios se ha trocado en «fiesta de invierno» y en las plazas públicas el portal se sustituye por esculturas abstractas que no ofendan a nadie, es decir, que no interpelen a nadie.

Se diría que nuestra época ha decidido aceptar las vacaciones, las luces y el consumo, pero no al Niño que les da sentido. Como advertía Pascal, el hombre soporta casi cualquier cosa salvo la mirada de la verdad; y en ese recién nacido frágil late una verdad insoportable para el orgullo moderno: que Dios ha preferido una cuadra a nuestros palacios, que ha escogido la pobreza frente a nuestras seguridades, que viene sin exigir nuestro aplauso.

No es casual que el belén resulte incómodo. Chesterton, que veía en la Navidad una revolución de ternura, recordaba que el pesebre fue «el primer trono de un rey proscrito». Proscribir hoy el belén de los espacios públicos, arrinconarlo entre manualidades infantiles, significa domesticar esa subversión: transformar el escándalo de un Dios hecho niño en una postal amable, apta para centros comerciales y campañas.

La operación se consuma mediante el lenguaje: ya no se felicita la Navidad, sino «las fiestas»; no se habla de Nacimiento, sino de «temporada navideña», expresión neutra y vacía como un escaparate. T. S. Eliot escribió que la cultura muere cuando sus palabras se vacían de sentido; quizás por eso el sistema se empeña en conservar el envoltorio festivo, mientras arranca de raíz aquello que podría devolvernos la inocencia perdida.

Sin embargo, basta detenerse ante un belén verdadero, aunque sea pequeño y polvoriento, para descubrir que ahí se nos propone una medida distinta de la existencia. En esa escena diminuta conviven la intemperie y la promesa, la pobreza y la gloria; no hay consumo posible que compita con la conmoción de entender que la historia del mundo cambia en un establo anónimo, lejos de las agendas oficiales y de los telediarios.

Tal vez la tarea que nos toca, en esta Navidad de portales desalojados, consista en rescatar el belén del rincón folclórico y devolverle su capacidad de escándalo. Colocarlo en casa no como adorno, sino como examen de conciencia; levantarlo en las parroquias y en los pueblos no como concesión costumbrista, sino como declaración de resistencia frente a la amnesia programada y la desmemoria oficial. Porque mientras quede un solo pesebre encendido en la penumbra de diciembre, habrá todavía un lugar donde la historia no esté escrita por los publicistas, sino por ese Niño que, sin decir una palabra, nos obliga a preguntarnos quiénes somos y a quién pertenecen nuestras vidas.

*Mediador y escritor

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