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Opinión | Cosas

Por Ricardo III

Ya sabemos lo que supuso Tierra Santa para el cristianismo, así como uno de los giros de guion más fascinantes de la Historia: Roma, de brindarle la palma del martirio a los primeros cristianos, pasó a ser el lugar donde Simón Pedro asentó la primera piedra. Pero donde se batalló el destino ideológico de la Iglesia fue en lo que hoy es territorio turco, donde Pablo de Tarso consolidó su corriente ecuménica. Allí están Izmit, o Éfeso, en las estribaciones orientales del mar de Mármara; e Iznik, o Nicea, la ciudad orillada junto a un lago en la que hace 1700 años los obispos primigenios, encabezados por Osio, montaron una suerte de conferencia de Yalta teológica para condenar el arrianismo.

En Nicea, sobre una pasarela levantada sobre la iglesia de San Neófito, hemos visto rezar al papa León XIV; un templo primigenio que ha aflorado de las batientes del lago, tal que la dama que hacía emerger de las aguas Scalibur, la espada del rey Arturo. Curioso que el papa Prevost rinda homenaje a la gran aportación de aquel insigne obispo cordobés, mientras que en la variante norte surjan los restos de un importantísimo complejo eclesiástico tardorromano. Esa serendipia en la que nos regodeamos los escritores pero que algunas veces puede modestamente reconducir el destino urbanístico de las ciudades.

La pasada semana asistí en la Facultad de Filosofía y Letras a una magnífica conferencia impartida por el profesor Ángel Ventura Villanueva; toda una terapia de choque frente a quienes cruzan los dedos encomendándose a la teoría de las cuatro piedras. Ya que este artículo tiene connotaciones bíblicas, todos sabemos que la variante norte viene a ser nuestra mosaica Tierra Prometida, pues estamos convencidos de que nosotros no veremos el soterramiento del trazado desde el Camping hasta el parque de la Asomadilla. Razón de más para apaciguar la impaciencia de esas prisas; de que la solución que se masculle sea el sepultamiento de la iglesia de Santa Eulalia y de un complejo arqueológico único, del que apenas se ha excavado un 20 por ciento. Señores, hablamos de una de las mejores dataciones de un templo mozárabe, ese vocablo que farfullamos con los libros de caballería; ese envés de la convivencia que nos espeja con la Turquía de las cartas de San Pablo, cuando el Estado turco ha apostado por la preservación de esos restos arqueológicos que precisamente no se corresponden a la religión dominante en el país.

Córdoba ha tenido una avidez de depredación arqueológica. Ocurrió en Medina Azahara por la barra libre de las parcelaciones; en la Estación con el templo de Maximiliano Hercúleo porque la Expo tenía la seducción de Marlon Brando y las insinuaciones de su completa preservación se contemplaban como las histéricas frivolidades de Blanche DuBois. Hablando de cine: Bravo por Stephen Frears al rodar The lost King, la cruzada que emprendió Philippa Langley, una ama de casa obsesionada por descubrir la tumba del shakespeariano Ricardo III. La intuición y el olfato se disipan sin el tesón. Finalmente, Philippa halló los restos del maltratado rey en un aparcamiento público. Aquí no hablamos de reyes ingleses, sino de santa Florentina, santa Pomposa y de un material epigráfico único, que puede ayudar a contemplar una parte poco conocida de nuestra historia amén de incrementar nuestro acervo y oferta cultural.

Y la solución que propone el profesor Ventura es sencilla. Nada de ingenierías faraónicas, sino desviar por la parte afecta el trazado curvándolo hacia el canal. Sustituyamos aquel «Mi reino por un caballo» de Ricardo III por «nuestra variante por la preservación de un complejo arqueológico».

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