Opinión | No ni ná
Nuestra entrada
Me parece estupendo que haya quien le guste Chayanne, pongamos, o los Hombres G, aunque uno sea más de Pabellón Psiquiátrico, el Patuchas y todo aquello. De todo tiene que haber en la viña del Señor. No hay mayor derecho humano que gastarse el dinero ganado honradamente de la forma más deshonrosa que imaginarse pueda. Dicho lo cual.
Si no he entendido mal, la entrada más baratita para ver a Chayanne en El Arenal, por poner un ejemplo, cuesta 65 maravedíes de curso legal. La más cara, con la que imagino que te ponen un agua tónica en vaso de tubo, viene a salir por 110 euros. Y por ahí andan los precios de los artistas anunciados hasta la fecha, que vienen a ser giras ordinarias, que tampoco es que vayan a resucitar a Elvis. Hasta aquí, es el mercado. Como con las lentejas, haga usted lo que considere con lo que le pagan por el sudor de su frente.
El problema, otrosí, estriba en que parte de esa entrada que ni queremos ni podemos pagar es nuestra, nos guste o no el que canta. La hemos pagado. Las empresas promotoras de los ciclos de conciertos del Arenal y la plaza de toros se van a repartir sendas subvenciones a fondo perdido de 300.000 trompos, sin un mal expediente competitivo y sin intervención pública en la calidad y coherencia de la programación. El Ayuntamiento (usted, querido lector) paga para que otros hagan un negocio cediendo espacio, recursos personales y, en este caso, aflojando la guita gorda. Estos son los mismos que critican las ayudas al cine. Ya.
Por si no han caído, 600.000 euros son cien millones de pesetas. Y la entrada más cara cuesta casi veinte mil del ala antigua. Entiende uno la dinamización económica, la demanda inducida y todos esos detalles. La de cosas que se explican en esta Córdoba por la venta de cubalibres en los bares a mayor gloria de las despedidas de soltero. Pero hay límites en la disposición, queridos liberales, de lo que en justicia no te pertenece.
El problema es de índole moral. Qué menos que tal cantidad de pasta pública se guíe por unos mínimos criterios de competencia, calidad y precio. Que quien pueda desplegar una agenda cultural potente y de lucro, se encuentre los despachos abiertos, las posibilidades de cooperación y el ambiente propicio. Que se le den al mejor de forma transparente, sobre criterios comprensibles y previamente aceptados.
Líbreme Dios de parecer del mundo cultural cordobita, esa gente tan rara con derecho presupuestario de pernada, más curitas que el mismo clero cuando se trata de acopiar y repartir. Pero de ahí al dedazo para unos conciertos reservados a quien puede pagárselos media un trecho gordo. El de la simple decencia. Tan exquisitos como se han puesto con los antiguos gestores de Cosmopoética -por presiones descaradamente corporativas- y tan dadivosos con el resto. Fíjate tú, qué vueltas da la vida.
No es esto, no es esto. Que dijo el filósofo. Ortega, sí, ese.
*Periodista
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