Opinión | Tribuna libre
Elimina un tercio
«Sobra un tercio» es una frase atribuida al escritor brasileño Graciliano Ramos, y que, si lo piensas, se vuelve menos desafiante y menos exagerada cuanto más pasa el tiempo. A medida que este transcurre, y uno adquiere experiencia, y ve mundo, y conoce a más y más humanos, y se dota de mejores juicios para desentrañar qué ocurre a su alrededor, comienza a sospechar que, en realidad, sobre más de un tercio de casi todo. Demasiado relleno. Hasta entonces quizá sienta el encanto de la acumulación, incluso el temor a la escasez. No queremos quedarnos cortos, así que mejor que sobre. En caso de duda, la abundancia se impone a la sobriedad. Yo todavía llevo encima restos de este miedo cuando me quedo a dormir en hoteles. Me espeluzna la posibilidad de despertar en mitad de la madrugada hambriento y no tener una cocina y una nevera llena hacia la que arrastrarme. Cuando estoy lejos de casa, antes de irme al hotel ceno siempre un poco más de lo que necesito, por si las moscas. Quién sabe si para equilibrar la balanza en que a veces se convierte la mente, el pasado agosto me fui once días a China y me llevé una maleta pequeñísima, en la que faltaba un poco de todo.
Por supuesto, la frase de Graciliano Ramos se refiere a la escritura, y a todo eso que, en el fondo, los libros no necesitan: un tercio de su extensión original. Lógicamente, la idea es discutible, pero su seducción, innegable, por cuanto implica el triunfo de la exactitud sobre la abundancia: la fuerza de lo que permanece después de eliminar lo superfluo, lo sobreentendido, lo que no produzca un efecto. Hace unos días, María Negroni recordaba en un texto sobre Fleur Jaeggy cómo borrar es tan o más importante que añadir. «Al escribir, comienzo ya quitando cosas, las borro en mi cabeza», confesó en algún momento Jaeggy.
La brevedad y la sencillez son una extraña aspiración, camino de las cuales siempre hay un poco más de lo que prescindir, y luego más, y aún más. Como si después de eliminar un tercio el resultado fuese que siguiese sobrando otro tercio, y así hasta que al final, tras la corrección, no quedase en pie más que la raíz. Este proyecto quizá nadie lo llevó tan lejos como Augusto Monterroso, cuyo desinterés por el condimento quedó perfectamente retratado aquel día, en Canadá, que compartió charla con Bryce Echenique. Este refirió al público su modo de escribir, que consistía en «escribir mucho y corregir poco». Monterroso, por su parte, tomó la palabra y dijo «Yo no escribo, solo corrijo».
Nunca como en el presente la vida funcionó tanto por acopio: de acontecimientos, de acciones, de estímulos, de artículos, de descuentos... Por todo nos sentimos concernidos. En el fondo, pensamos que siempre podemos añadir a lo que tenemos un tercio más. La saciedad es absoluta, pero por qué no añadir otro «Estoy harto». Para variar, sin embargo, deberíamos probar un día a operar en lugar de por acumulación, por descuento, e ir diciendo «Esto no», hasta que veamos por delante un espacio en blanco, respirable, resultado de eliminar un tercio de todo.
*Escritor
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