Opinión | Calma aparente
Vino y cuchara
Además del frío, el viento y la lluvia, era domingo y estábamos trabajando: a veces no queda otra que apretar los dientes. En esas estábamos cuando un compañero nos contó algo aparentemente frívolo. Se acababa de comer unas lentejas que había empezado a echar de menos desde la primera cucharada. Las había preparado su mujer aplicando un nuevo truco, cocinar previamente el tocino y aprovechar su jugo, y él las había traído en un táper al trabajo. Aclaró que, por supuesto, llevaban chorizo y morcilla. Aquello no era algo superfluo, aquello no era geopolítica. Gracias a esas lentejas había dejado de tener tanto frío y de estar tan lejos de su casa. ¿Se puede pedir algo más? Solo dos cosas, apuntó: una copa de vino y un siestón. Los presentes asentimos.
Cada vez son más los que dejan el alcohol. Lo que no me queda claro al escucharlos es si el malo era el alcohol o eran ellos. Defienden la decisión con aires proféticos y melancólicos, como druidas sentimentales. Pregunta uno un poco más y descubre que muchos no solo bebían, sino que también aliñaban el plan con cocaína u otras sustancias similares. «¡Bueno, el alcohol también es una droga!», espetan, como si una copa de fino fuese lo mismo que una raya, como si matar una mosca fuese lo mismo que matar a tu cuñado. Casualmente, todos se han topado con las mismas revelaciones, han viajado al otro lado y han regresado con el secreto de su tormento: la culpa no era de ellos, sino del alcohol. ¡Eureka! Muchos de estos profetas, encima, no se convierten después en abstemios tranquilos, sino que trasladan su inclinación al exceso hacia otra actividad: los triatlones o las monsergas. Porque no se conforman con llevar una vida sana. Tienen que ser los más sanos del mundo y contarlo. Su vida no puede dejar de ser un vertiginoso vaivén. Lo malo de esto es que se extiende como cualquier moda. Y ya hay hasta veinteañeros declarándose abstemios: la inmortalidad va a ser insoportable.
Todo arranque radical tiene su origen, con frecuencia, en una huida. Como es lógico, si el alcohol solo implica arrepentimiento y aniquilación, es mejor dejarlo. Pero lo malo no es el alcohol, sino su abuso, disculpen la obviedad. ¿O acaso era perjudicial la copa de vino a la que aludía mi compañero aquel domingo? Si pasan por Montilla, visiten las bodegas Lagar Blanco. Allí se encontrarán con esta cita de Chesterton: «Es triste que nos empeñemos en perder la felicidad de sentirnos moderadamente borrachos». He aquí la clave de la cuestión, escondida en un adverbio solo al alcance de virtuosos.
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