Opinión | Palabras para andrómina
Poesía y flamenco
El 20 de noviembre fue una tarde de Cultura con mayúsculas. De la poesía al flamenco. Antonio Colinas, el poeta, impartió, con su tono leonés contenido, una clase magistral de poesía en un nuevo espacio para las Letras que se inauguró en el Círculo de la Amistad, Café de las Letras, y dirigido por Manuel Gahete.
Para Colinas (La Bañeza, León, 1946) la cultura tiene que ser sinónimo de vida, como la poesía que se engarza en ella: «La poesía es una búsqueda de la plenitud del ser», nos dijo. Es «la segunda realidad». Y para Colinas, la poesía, como supongo el arte en general, sana y consuela, es decir, como pensaba Nietzsche, justifica la vida. No estoy muy seguro de ello, quizás el arte sea de hecho más dolor añadido. Pero es válido su aserto en cuanto ontología de la existencia. Una conjunción de sentimiento y conocimiento, recuperando aquella polémica famosa de mediados del siglo pasado entre los que consideraban la poesía como comunicación (Vicente Aleixandre y Bousoño) o conocimiento (Barral o Gil de Biedma). Y justamente la influencia de Aleixandre en su poesía es definitiva. Una poesía que bebe de una filósofa, María Zambrano, de la naturaleza que el poeta contempla y escribe y que tiene como referencia a Antonio Machado, por ello se le considera el único machadiano de su generación.
Córdoba es para él un lugar importante, pues aquí, donde vivió unos meses cuando tenía 16 años, escribió su primer poema, en una epifanía que le supuso el comienzo de su camino poético.
Y de la poesía al flamenco, otra especie de poesía de la vida. De Colinas a Rocío Márquez en el Teatro Góngora con su espectáculo flamenco y vanguardista Himno Vertical (el título de su último disco). Ella, una gran cantaora, es consciente de que arriesga, de que quizás sea una locura, locura bendita al cabo. Pero si no se arriesga no se crea. Toda creación es un enfrentarse a uno mismo y al arte que crea. Que trascienda o no es otra cuestión. Los cantes -con letras de la propia Rocío en colaboración con Carmen Chacón-, fandangos, siguiriyas, soleares, malagueñas, guajiras, tangos y bulerías, se engarzan en un espectáculo de luz y sonido, de niebla y soledad en el escenario. Esa es la sensación que nos deja, con una carga importante de poesía; quizás la poesía no sea más que la labor artística del solitario. Con una voz que anuncia una nueva forma de crear flamenco. No es nuevo este tipo de representación (Salvador Távora era el paradigma), pero sí el tono y la liturgia, la reivindicación del espacio escénico para el flamenco que se nutre de la propia vida y su entorno social, y hasta de la mística de un arte que haya la pureza en la variedad, creación, hondo sentimiento y emoción. Rocío Márquez crea con libertad e intensidad, experimenta desde la tradición inserta en la vanguardia, como punto de partida de un cambio que el futuro dirá hasta donde llega, pero que ya es arte.
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