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Opinión | Todas direcciones

Patriarca

Da gusto escuchar a Lola Pons, historiadora de la lengua y catedrática de la Universidad de Sevilla, excelente divulgadora de cuestiones relativas al funcionamiento de nuestro idioma. Sus intervenciones en RNE demuestran lo bien que suenan algunos rasgos de las hablas andaluzas en boca de una persona culta, con destreza comunicativa y, como es lógico teniendo en cuenta su formación académica, sin ningún complejo sobre la naturalidad dialectal de su forma de hablar, nada de las eses forzadas de quien neutraliza artificialmente la singularidad de su acento para pasar por fino en los medios de Madrid.

Da gusto leer a Lola Pons. Sus libros para el gran público aúnan amenidad y rigor, combinación solo al alcance de quienes poseen la sabiduría del especialista sin perder de vista en ningún momento eso que un alumno del machadiano Juan de Mairena llama con grave ligereza «lo que pasa en la calle».

En un reciente artículo la profesora sevillana reflexionaba acertadamente sobre el riesgo que entraña incorporar al léxico periodístico algunos de los términos jergales que suelen usar quienes viven del siniestro comercio de la droga. Es lo que sucede en titulares como «Desmantelada la guardería de una red internacional de narcotráfico con operaciones en Córdoba». ¿Cómo que «guardería»? ¿Por qué no «almacén»? No es algo tan simple como usar una palabra por otra y ya está. Se trata de preservar ese espacio referencial y simbólico que el lenguaje constituye para que no sea contaminado por las urgencias designativas de los delincuentes. Se trata de que cuando escuchemos o leamos «guardería» sigamos pensando en risas (o llantos) infantiles y no en logística criminal.

El difunto Fernando Lázaro Carreter, otro gran sabio de la divulgación lingüístico-comunicativa, ya advirtió en su momento la tendencia de parte del gremio periodístico a alejarse del «grado cero de la expresividad» para diferenciar sus producciones textuales retorciendo sin tino el uso del español.

Algo de eso hay en los titulares sobre el juicio a los Pujol, esa ejemplar familia de contribuyentes: «Ostracismo y rehabilitación del patriarca Jordi Pujol». ¿«Patriarca»? ¿Cómo que «patriarca»? Es de suponer que quien ha escrito el texto quería darle su puntito de autoridad delictiva a la figura hoy casi mafiosa del antiguo mandamás de los convergentes. El caso es que leyendo lo de Pujol patriarca me lo imagino con barba bíblica o mediando entre clanes rivales, con su sombrerete y su bastón, deseoso de que la prueba del pañuelo certifique que sus hijas no han mantenido trato carnal con varón alguno. Varón español, se entiende.

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