Opinión | Colaboración
El cambio como única vía de la responsabilidad
Todo pensador que entra en la política, o actividad similar, se enfrenta a una tensión inevitable: la distancia entre el principio y la práctica. La filosofía exige fidelidad a la idea; la política exige negociación con lo real. Cuando la estructura partidista se rigidiza, el filósofo siente una asfixia moral: el partido deja de ser vehículo y se convierte en frontera. Así, la coherencia deja de identificarse con permanecer y pasa a identificarse con moverse sin traicionarse. En este sentido, cambiar de partido no es deslealtad, sino una forma de preservar la integridad. El filósofo concibe la acción como un continuo examen: si un instrumento ya no sirve al fin ético, debe abandonarse. La lealtad profunda no es hacia una sigla, sino hacia una noción de justicia que no puede fijarse en un solo molde. Este es precisamente el caso de Nicolás Salmerón, cuya biografía política fue una navegación moral más que estratégica. Su itinerario comenzó en el Partido Demócrata, donde el ideal republicano era todavía embrionario. Pasó luego al Partido Republicano Federal, buscando un federalismo capaz de articular pluralidad y libertad. Sin embargo, las fracturas internas y la incapacidad del federalismo para gobernar con estabilidad le obligaron a retirarse. Se incorporó entonces al Partido Republicano Posibilista de Castelar, atraído por la idea de reformas graduales, pero lo abandonó en cuanto el posibilismo se convirtió en una renuncia a la profundidad ética del proyecto republicano. Finalmente, halló refugio en la Unión Republicana, cuyo propósito era unificar sensibilidades para evitar el suicidio político del republicanismo fragmentado. Cada uno de estos cambios revela la misma lógica: Salmerón no seguía partidos; seguía principios. Su negativa histórica a firmar una ejecución como presidente de la Primera República resume su postura: antes que autoridad, dignidad. En un país donde a menudo se confunde coherencia con inmovilidad, Salmerón recuerda que la verdadera firmeza consiste en moverse cuando la ética lo exige. Su ejemplo muestra que, a veces, la única forma de transformar la sociedad es negarse a permanecer donde la idea deja de respirar.
*Escritor
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