Opinión | Tribuna abierta
Herederos del franquismo
El título de este comentario es una traducción libre de Doppelganger, el último libro de Naomi Klein. Partiendo de la tesis de que todos tenemos un doble, un gemelo perverso, la reconocida autora canadiense aborda el tema en una brillante exposición, inabarcable en un artículo. En un momento de su discurso trata de responderse a una pregunta que a mí también me parece pertinente: ¿cuál es el proceso que se sigue para convertirse en su doble fascista,en el tirano que todos llevamos dentro de la «zona de sombras» donde se oculta? Una estrategia central es establecer una guerra abierta (ideológica y cultural) contra el significado que representa esta «nueva fase del capitalismo disfrazado de progresismo... sacando cualquier cosa o persona de sus contextos y hacer que signifiquen justo lo contrario». Y Klein da un ejemplo: el presidente de Canadá participando en una huelga por el clima para protestar contra las políticas que él mismo encabeza. Nosotros, si pensamos en los que brindan por la libertad con champán y caviar y animando a la gente a tomarse una cervecita en aras de la libertad mientras niegan el cambio climático y la epidemia del covid, nosotros, digo, entendemos bien esta manipulación de la libertad.
Y tenemos muchos más ejemplos del negacionismo en nuestro país: los que niegan la ideología de género, los que quieren seleccionar por raza y cultura a los inmigrantes y expulsar al resto, los que se oponen a los sindicatos de clase, critican el pluripartidismo, desprecian el sistema autonómico, atacan a las energías limpias y renovables rechazando la Agenda 20/30 para el Desarrollo Sostenible aprobado por la ONU, abominan de las abortistas, echan pestes de las feministas y del colectivo LGTBI, de los artistas y periodistas «serviles» al Gobierno... y me paso tres pueblos y me adentro en los que aprietan los dientes (¡y porque no tienen una pistola a mano, que si no...!) cuando piensan en los que quieren «romper España» junto con comunistas, masones y otros enemigos de la misma cuerda. Entonces, en esta lista de prohibiciones que se presentan como libertades y entrarían de lleno en las caracteristas que da Umberto Eco para detectar al fascista, ¿de qué libertades hablan? ¿Las del nacional-catolicismo? ¿Volver a la autarquía y al estraperlo, a la moral del serrallo y sacristía? ¿No ven que el mundo es una «aldea global» (en el sentido de McLuhan) y el gran capital y las coorporaciones campan a sus anchas y el catolicismo desde el Vaticano II no es aquel en donde el dictador entraba bajo palio en las iglesias? El «Santiago y cierra España» es un imposible o las cavernas.
Pero porque estos fines son difíciles de lograr sin una lucha armada, en realidad lo que pretenden es algo más sutíl pesentado como revolucionario: acabar con los restos del Estado del bienestar y reducir el Estado a un mínimo y, en el límite, convertir todo lo público en privado, desde la sanidad a las jubilaciones... Inversión de las conquistas sociales conseguidas que nos recordaría a cuando imperaba la tiranía, pero sin tirano. No obstante, a esta época sancionada por la historia la ensalzan en un revisionimo histórico que pone los pelos de punta (ejemplos, la izquierda dio el golpe de Estado y la democracia la trajo Franco). Es como si a los hechos se les diera la vuelta como a un calcetín apestoso e imagen espectral del mundo del espejo -en los términos de Naomi Klein- donde media España se refleja en la otra.
*Comentarista político y periodista
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