Opinión | El cuerpo en guerra
Todos se mueren
Últimamente muchas personas de mi alrededor han muerto: Antonio Rivero Taravillo, Andrea Arrazola, la hija de mi amiga María García Zambrano... No paro de darle vueltas. El pasado domingo mismo estuve en un funeral después de haber celebrado el sábado la llegada del libro de una amiga. Las dos caras de mi vida: libros y enfermedad y muerte. Y mientras yo aquí, en casa, muerta de frío, cansancio, sueño y dolor, esperando a verlas venir. Vacunada de todo, bajo la advertencia médica de que no puedo coger un solo constipado este invierno.
No paro de pensar que la noticia del periódico este verano podría haber sido la de mi muerte y que no me habría enterado de nada porque estaría o en coma inducido enganchada al respirador mientras me fallaban el resto de órganos (posibilidad de muerte 1) o bien tras el ictus (posibilidad de muerte 2). No habría habido despedidas (ni siquiera recuerdo la persona que fui el mes de antes, si acaricié a mi gata antes de marcharme al hospital). Lo último que guardaría sería estar rendida medio desnuda en la UCI, llena de cables y vías, mientras me preparaban, cómo me dijeron «tranquila, ahora ya vas a descansar» y más tarde «Ana, tenemos que sedarte porque tus pulmones no responden y conectarte a la máquina». Es todo cuanto habría sabido. Sólo quedarían mis delirios , la película que se estaba sucediendo en mi cabeza mientras mis padres esperaban junto a mi cama y mis amigas se organizaban para tener información diaria sobre mi estado. No habría sabido que estuvieron ahí en todo momento, esperando a que regresara.
Hace unos años murió Marta Agudo, excepcional poeta, una persona brillante y amiga en los últimos años mientras yo me adentraba en el insondable mundo del dolor y ella en el del cáncer. Estuve en el tanatorio. Allí tomé conciencia de que así es como moriría yo: apartada de todos mientras saben que sufro, recluida en casa, dejando de ser yo. Hasta que un día... Fin. Un ataúd cerrado, ramos de flores y un puñado de libros de poesía a la entrada del tanatorio. Así me iré cualquier día de estos. Así podría haberme ido este verano. Ser sólo una noticia en un periódico.
Mi psicóloga dice que es normal que le dé vueltas a todo esto, pero hay algo más detrás que no alcanzo a saber definir. Por eso últimamente no me apetece hablar mucho. Y además tras el ictus tengo tanto sueño, necesito dormir tanto... Puede que 12-13 horas al día. Entre eso, mi dolor agudizado por el frío, la rehabilitación y los médicos, ando hibernando: mi gata, mis libros, la manta eléctrica, la cama, el sofá y Filmin.
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