Opinión | El trasluz
Todas las respuestas

Todas las respuestas. / ShutterStock
¿Es posible que alguien o algo, desde un sitio alejado, maneje mi vida, nuestras vidas, con un mando a distancia? De ahí entonces que a veces nos levantemos eufóricos y a veces deprimidos sin que nada haya cambiado. Todo depende del botón que pulse el dueño de ese mando a distancia. Se me ocurre esto mientras zapeo delante de la tele. “El ojo”, dice San Mateo, “es la lámpara del cuerpo”, y yo tengo dos: dos lámparas, por tanto. Con esas dos lámparas veo este programa de la tele o este otro. Elijo, entre diversas tonterías, aquella que mejor combina con mi estado de ánimo. ¿Pero de qué o de quién dependen esos estados tan nuestros y que parecen tan de otro? ¿Quién dirige esta extrañísima obra de teatro llamada existencia? Un dedo ajeno regula nuestras subidas y bajadas. Decide nuestras entradas y salidas de escena, escribe nuestros diálogos. Al cambiar de canal, no sé si busco una distracción o un espejo. Por la tarde, le cuento todo esto a un psiquiatra al que he comenzado a acudir hace poco.
-¿Ese mando a distancia -me pregunta- no estará en su conciencia?
-En cualquier caso -le respondo-, no tengo ni idea de cómo acceder a ella.
Entonces vuelvo a recordar la frase de San Mateo: “El ojo es la lámpara del cuerpo”. Me imagino entre las sombras de mi conciencia con una lámpara en forma de ojo. La elevo como un minero en busca de una veta. ¿Una veta de qué? De sentido. Busco una veta de sentido. Quizá es eso lo que buscamos todos al cambiar de canal: sentido. ¿Podría ser que el sentido se encontrara en una de las numerosas plataformas a las que se puede acceder cómodamente desde el sofá con solo pulsar un botón?
Abandono la consulta más confundido de lo que entré en ella. Por la noche, en la cama, regreso a las tinieblas de mi conciencia con la lámpara en forma de ojo y descubro una puerta. Es la misma que había en la antigua casa de mis padres y que siempre estaba cerrada porque daba a una habitación que no era nuestra, sino de la dueña de la casa en la que vivíamos de alquiler. Nunca la abrí, nunca la abrimos, aunque quizá ahí, en lo que era de otro, estaban las respuestas que nos pertenecían.
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