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Opinión | Cosas

Aquellos días de noviembre

Quizá no tuviéramos los diez días que conmovieran el mundo, como escribiera John Reed de la revolución soviética. Pero en aquel mes de noviembre las cancillerías tuvieron que ocultar su desdén hacia esta potencia secundaria, porque algo gordo podía cocerse en el tablero internacional si los acontecimientos se desbocaban. Ese hombre que agonizaba precipitó con su sangrienta cruzada el laboratorio bélico de la II Guerra Mundial. Caía una de las últimas piezas tangenciales de aquel conflicto, pero quien había recibido los santos óleos se apuntó la rocambolesca carambola de desquiciar al führer en e l tren de Hendaya.

La palabra dictador se abocinaba menos en nuestro hogar que en otras casas. Ya se encargaban de subrayarla las sempiternas lágrimas de mi abuela Josefa, pues el protagonista de aquellos partes firmados por el equipo médico habitual había liberado a su marido del mortal hostigamiento de los rifeños a su blocao (tres años después del desastre de Annual), para luego fusilarlo una vez acabada la contienda. En esas noches postrimeras, Televisión Española emitió ‘Objetivo Birmania’, un hecho que aviva la memoria de aquellos niños de EGB. Resulta casi un guiño pseudo masónico que uno de los grupos más pijos de la Movida tomara el nombre de tan señera película de Errol Flynn. El luto se desaguaba en los intereses de los colegiales, pues ese día no habría clases.

Uno ya tenía una edad en la que rezongaba la cariñosa despedida a sus Majestades de Oriente. Pero en aquella madrugada no fue la silueta de Melchor la que enmarcó el postigo del dormitorio. Era mi abuela, a la manera de José Nieto Velázquez, el chambelán que se asoma en el cuadro de Las Meninas empujando los casetones de la puerta. Franco había muerto. Mi abuela no brindó con champán; simplemente porque no tenía por costumbre brindar.

Asocio ese juego de espacios de ‘Las Meninas’ con la captación de aquellas fechas. Una era geológica anterior a que la vida se viera desde la cámara del móvil, recuerdo a mi padre grabando con tomavistas aquellas imágenes de la televisión: la guardia mora escoltando el furgón fúnebre; el chirriar de los rodillos que empujaban la ciclópea losa y el compungido rostro del monarca, juramentando su cargo ante un hemiciclo ausentado de rostros femeninos; ajenas las Cortes a ese declive de camisas azules que sería sustituido por la convivencia de los españoles.

Observándonos en aquellas imágenes del super ocho, tendríamos que reflejarnos en la atónita contemplación del televisor; la expectación infantil del difunto que presidía con su retrato las aulas, y la adulta incertidumbre de lo que estaba por venir; el titilante miedo de revivir los horrores fratricidas.

Cincuenta años transcurrieron también entre el Sexenio Revolucionario y la proclamación de la II República. En el comparativo saldríamos a todas luces ganando, salvo en la genética y trabajada capacidad masoquista que nos conduce a la autodestrucción, como las moscas hacia la miel. Se adjetiva la Constitución del 78 con un régimen para descalificarla; se orean las camisas viejas y los émulos de Pablo Iglesias espolean brigadas antifascistas que traspasen la contención de las fuerzas del orden democráticas. Todo ello, con el tañido táctico de la crispación de uno de los Jefes de Gobierno más narcisistas de la reciente historia de España -un mal muy contagiado de nuestros tiempos-.

¿Algo que celebrar? No desde luego esta deriva pesimista, sino la introspección de la autoestima como Nación; valorando esa concordia que fuimos capaces de construir desde los despojos del enfrentamiento. Y no cacareemos que hoy es más difícil que antes. Todo es cuestión de convicciones, de empatía y de voluntad.

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