Opinión | Tribuna
Cara de bicicleta
Hace algunos días descubrí, entre divertida y ojiplática, que cara de bicicleta había sido hace un tiempo una enfermedad, inventada por el hombre, pero solo para la mujer. Seguramente, a mis iguales de finales del siglo XIX no les hiciera ninguna gracia ser diagnosticada de cara de bicicleta.
Según los eruditos médicos de entonces, enfermabas de cara de bicicleta si montabas en ella, pero… especial atención merecen los síntomas: los físicos y visibles eran desde tener la mandíbula apretada y los ojos saltones, hasta lucir un rostro enrojecido con ojeras que podría perdurar en el tiempo, pasando a ser incorregible si no se evitaba a tiempo.
A estos, se le sumaban algunos bastante más graves, como padecer de insomnio, dolor de cabeza, infertilidad y, uno más, aumentaba la libido, lo que me lleva a deducir lo peligrosa que podría llegar a ser para un hombre una mujer sexualmente activa. Me divierte pensar que, hace algunos siglos, una simple bicicleta pudiera amenazar la integridad y virilidad del hombre.
¿Qué inimaginable imagen se tendría entonces de una mujer después de haber circulado en bici? Sería algo así como un adefesio de mirada encendida, ardiente.
Pero aún existía un síntoma más, quizá el más temido por el hombre y estoy segura que el más deseado por la mujer, y es que esta tendría la libertad de desaparecer en cualquier momento.
En el primer pedaleo rompería para siempre con el corsé, unas pedaladas más y dejaría de ser la criada de padres, hermanos, maridos, hijos, jefes y demás seres, todos masculinos. ¿Qué miedo no le tendría el hombre a la bicicleta que iba a hacer florecer a una mujer nueva, libre y de sexualidad consciente? Un artilugio que haría tambalear el mundo gozoso y dominante del hombre. Se desvanecería esa imagen poderosa que había creado de sí mismo.
Complementarse no asustaría a un hombre inteligente, ni antes ni ahora, solo sumaría salud, gozo y libertad. Los hombres que no inventan enfermedades para evitar la libertad y el posicionamiento de una mujer, estos hombres, son seguros de sí mismos, son reflexivos, asumen responsabilidades, admiten sus errores, son capaces de dar y de recibir, de pedir ayuda y de ofrecerla desde el respeto, sea cual sea la relación afectiva que los une, familiar, laboral, social o sexual.
Por suerte, hoy en día, cara de bicicleta ya no sería una enfermedad, solo una figura retórica, la más antítesis de las antítesis. Pero si aún permaneciera en mi época, cara de bicicleta sería un ligero rosado en las mejillas, una sonrisa suave, un brillo en los ojos, un corazón bombeando rítmica y armoniosamente, sería el desencadenante de una gran cascada de emociones, con la libertad de llevarlas al terreno que cada cual eligiese.
Y si a todo ello se le quiere llamar enfermedad, para mí la quiero, pero que sea crónica.
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