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Opinión | Susurros de la naturaleza

COP30: el desafío de la verdad en tiempos de crisis climática

Mientras se celebra la COP30 en Brasil, el debate global sobre el cambio climático ha tomado un rumbo inesperado. En lugar de centrarse únicamente en cómo mitigar el calentamiento global o adaptarnos a él, gran parte de la atención se dirige hacia un enemigo silencioso y corrosivo: la desinformación.

Vivimos en la era del ruido digital, donde las mentiras viajan más rápido que los hechos. El «negacionismo climático», esa resistencia persistente a aceptar la evidencia científica, se ha convertido en un obstáculo tan poderoso como las propias emisiones. Si la sociedad no confía en la ciencia, ¿cómo puede actuar con decisión o exigir políticas efectivas?

La paradoja es clara: mientras la ciencia demuestra con datos cada vez más precisos la gravedad de la situación, las dudas se multiplican en las redes sociales y debilitan la acción colectiva.

Es cierto que, a lo largo de la historia, el clima de la Tierra siempre ha ido cambiando por causas naturales, como las variaciones en la órbita, la actividad volcánica, o los cambios oceánicos. Sin embargo, lo que ocurre hoy es distinto. El aumento de olas de calor, las sequías, las lluvias extremas y los incendios no puede explicarse solo por la naturaleza. La ciencia es contundente: somos los principales responsables del cambio climático actual.

La deforestación, la urbanización descontrolada, la pérdida de ecosistemas y, sobre todo, la quema de combustibles fósiles ha alterado el equilibrio del planeta, aumentando drásticamente la concentración de gases de efecto invernadero. El resultado es un calentamiento acelerado, con impactos visibles en la salud, en la economía y en la vida cotidiana.

Diez años después del Acuerdo de París, los datos del Global Carbon Project son desalentadores: las emisiones de CO₂ han seguido aumentando en 2025. Mientras China e India comienzan a moderar su crecimiento, América y Europa encabezan ahora el incremento. La transición hacia una economía baja en carbono avanza, pero está ocurriendo a un ritmo demasiado lento.

Este contraste entre compromisos y resultados debería hacernos reflexionar. No bastan las promesas ni los objetivos a largo plazo. El planeta no espera, y cada tonelada de CO₂ emitida hoy permanecerá siglos en la atmósfera.

Pero la crisis climática no solo amenaza ecosistemas, también afecta directamente nuestra salud. Nuestro cuerpo no está aislado del mundo; es un ecosistema conectado a otros. La naturaleza es parte fundamental de nuestro equilibrio físico y mental, pero en un mundo cada vez más urbanizado, hemos perdido ese vínculo esencial. La falta de contacto con entornos naturales afecta la regulación del sistema inmunitario, y se asocia al aumento de enfermedades crónicas no transmisibles. La ciencia demuestra que la microbiota, los compuestos naturales emitidos por las plantas, y el simple contacto con la naturaleza, ofrecen factores protectores para nuestra salud. Su ausencia, en cambio, nos hace más vulnerables.

Por lo tanto, reconectar con la naturaleza no es solo una cuestión romántica o ambiental, es una necesidad biológica y sanitaria. Cuidar el planeta significa, literalmente, cuidarnos a nosotros mismos. Por eso, hoy más que nunca debemos volver a la ciencia. No como un dogma incuestionable, sino como una herramienta común para comprender la realidad y tomar decisiones. Recuperar la confianza en los datos y en la evidencia no es solo un asunto de expertos, es un acto democrático fundamental. Sin información veraz, no hay decisiones informadas. Y sin decisiones informadas, no hay futuro posible.

*Catedrática de Botánica de la Universidad de Córdoba

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