Opinión | Colaboración
El arte de saber irse
En España, dimitir sigue siendo un acto exótico. Solo cuando la presión se vuelve insoportable alguien renuncia, y lo hace entre excusas y dramatismo. La salida de Carlos Mazón de la Generalitat Valenciana no solo es un episodio político: es un espejo. Nos obliga a preguntarnos por qué el poder, aquí, se confunde con permanencia y por qué el gesto de irse aún suena a derrota.
Dimitir no es rendirse; es reconocer el límite entre la responsabilidad y el orgullo. En democracias maduras, la renuncia puede ser un acto de coherencia: el dirigente entiende que su permanencia ya no sirve al bien común, y su marcha devuelve oxígeno a la institución. Saber irse a tiempo es una forma de respeto a la ciudadanía que confió en él.
Desde una mirada filosófica, dimitir es aceptar el principio de la finitud, ese que define toda acción humana. Aristóteles situaba la virtud en el punto medio; Arendt recordaba que solo lo que puede cesar puede renovarse. El poder que no reconoce su límite deja de ser servicio y se convierte en hábito, en inercia.
Pero en España la cultura del límite brilla por su ausencia. Se confunde la perseverancia con el apego, y la autocrítica con debilidad. Por eso cada dimisión resulta sospechosa: ¿acto de conciencia o maniobra de supervivencia? Sin una rendición de cuentas real, el gesto se vacía de sentido.
Dimitir, en su mejor versión, es un ejercicio de humildad política, una catarsis democrática. Permite renovar liderazgos, oxigenar instituciones y recordar que el poder es siempre prestado. No hacerlo es convertir la gestión pública en una costumbre que acaba devorando la ética.
Decía Montaigne que ceder es también una forma de dominio. Saber irse antes de que te echen es la más alta expresión de libertad: la de quien elige el momento de su propio fin. En esa elección reside un poder silencioso, uno que no depende de la fuerza ni de la obediencia, sino de la conciencia de los propios límites y del respeto hacia los demás. Es la libertad de quien entiende que el tiempo que se le confía no es suyo, sino de la comunidad, y que prolongar su permanencia más allá de lo razonable equivale a traicionar ese mandato.
Si España aprendiera a normalizar esa lección, la política dejaría de ser un escenario de resistencia para volver a ser un espacio de responsabilidad. La virtud no estaría en aferrarse, sino en saber retirarse con dignidad.
*Profesor de Filosofía
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