Opinión | No ni na
Se llama Alhóndiga
La Gerencia de Urbanismo, a quien Dios confunda, ha decidido cepillarse el nombre de la cordobesa plaza de la Alhóndiga, a tiro de piedra de la Mezquita, que se viene usando desde principios del siglo XV, según tienen acreditado documentalmente los historiadores de la cosa. En la pequeña placita, estuvo en el medievo la institución de comercio y acopio de grano, trasladada posteriormente al Pósito de la Corredera.
Con medio folio, la Gerencia ha decidido rotular la vía como plaza de los Gitanos a pesar de que ya hay una calle Gitanos en el Campo de la Verdad y de que la calleja original con ese nombre estuvo en San Pedro, según los papelajos del XIX. Y lo ha hecho a pesar de que se mantiene viva la ordenanza municipal que dice que las calles del Casco Histórico con nombres seculares documentados solamente pueden modificarse para recuperar el original.
Alcaldes y concejales rara vez tienen ideas buenas. A la calle de la Paja le cascó Rosa Aguilar el Padre Cosme Muñoz por sus santas gónadas. Y sucesores de todos los partidos llenaron los barrios viejos de cristos, vírgenes y capataces para lugares a los que Ramírez de Arellano ya llamaba por su nombre. Esto de la plaza de los Gitanos, una referencia a la población romaní de estas calles hasta los años ochenta del pasado siglo, es otro trágala consultado con no se sabe quién y amparado por no se conoce qué norma. Y mira que tenían alternativas para cumplir sin estropear.
Fue García Verdugo, geógrafo municipal, quien colocó el nombre medieval del viario de intramuros en esos azulejos que molan tanto. La idea era ir recuperando poco a poco topónimos como calle del Lodo, del Sol o Almonas. Pero como el Ayuntamiento está lleno de bienquedas, los Benaventes sigue como Agrupación de Cofradías, la plaza del Esparto es Pedro López y ahora le ha tocado a la Alhóndiga, donde el PSOE tuvo la primera Casa del Pueblo y se bajaba, fundamentalmente, a pillar cositas. Se la han cepillado como otros se cargaron bellezas como la calleja de los Torrezneros, que era donde se vendía el tocino. Con una firma electrónica casual, picando en la pantalla del teléfono móvil. Un día más en la oficina, paletos.
Porque, en realidad, eso de la historia les importa un mismísimo ciruelo. La ciudad vieja es un centro comercial en perpetua almoneda, al amparo del capricho del primero que llegue, que se cree con la capacidad de firmar por decreto aquello en lo que no pincha ni corta. Y es que la clave de todo es reconocer las limitaciones propias. Resulta que gestionan la ciudad, pero no les pertenece. Son, apenas, un pellizco en la piel rugosa de una Córdoba que estaba antes y seguirá después. Gente que pasaba por allí y, con el tiempo, desaparecerá dejando a su paso ese reguero de decisiones innecesarias, irrespetuosas y caprichosas.
*Periodista
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