Opinión | El ángulo
Víctimas o asimilados
Ser víctima se ha convertido en una posición de poder. En la política y en los medios el daño otorga legitimidad. Lo importante ya no es tener razón, hay que parecer herido. El dolor, aunque sea artificial, se ha transformado en una herramienta para ignorar la responsabilidad y despertar simpatía. La compasión circula mejor que la autocrítica.
Carlos Mazón ha intentado convertir la gestión de la dana en un relato de agravio político. Incluso el día de su dimisión, lejos de asumir errores, se presentó como víctima de las circunstancias adversas, de la tormenta, del Gobierno de España, de los medios, más que como responsable de las decisiones políticas. En su relato, siempre hay otro culpable. Tuvimos un Rey, ahora en el retiro forzoso tras descubrirse parte de sus escándalos, que se presenta ahora también como un hombre traicionado por los suyos, olvidado por el país que él llevó a la modernización, igual que el expresidente valenciano creía llevar a la suya a la reconstrucción. El discurso de Juan Carlos I es el del monarca incomprendido que reclama gratitud y espera recibir la redención pública por compasión. Pero el victimismo del poderoso que se lamenta de no tener ni una pensión ofende más que genera empatía y le queda pequeño para empuñar la causa de la injusticia histórica.
Pero la política no es más que el reflejo de la vida ordinaria, incluso de la excepcional como la de la reina de corazones, Isabel Preysler, que en sus recientes memorias desvela la correspondencia intima con el escritor Mario Vargas Llosa, bajo la excusa de la mujer decepcionada, herida por un amor. Preysler no se defiende tanto de un hombre que renegó de ella, sino que quiere ganar el juicio público, a ella la querían. En un entorno mediático que premia la vulnerabilidad, el dolor bien contado se convierte en un relato rentable. Tanto que se convierte en el eje de tu promoción después de recibir el premio literario mejor retribuido de este país. Juan del Val ha insistido en su papel de víctima del juicio externo, cuestionado por su estilo, por su fama televisiva o por sentirse censurado por la corrección política. El mártir del sentido común, del hombre corriente pero que prosperó en la vida.
A todos estos casos les une la misma lógica, quien se proclama víctima gana el foco. Pero cuando todo se interpreta como una ofensa o persecución, el debate público se infantiliza, no tengo chofer, no tengo secretaria, no tengo nada de Ábalos. La victimización constante nos vuelve incapaces de distinguir el daño real del simple malestar. Y así, mientras los poderosos compiten por parecer heridos, las víctimas de verdad intentan ser silenciadas.
*Politóloga
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