Opinión | Paso a paso
Patria cínica
Hubo un tiempo en que la política exigía artesanía de paciencia y pacto antes que aplauso; un tiempo en que los hombres públicos se sabían custodios de algo más alto que sus carreras: la «res publica, res populi» de Cicerón, esa comunidad que obliga a renunciar un poco para que todos ganen algo.
Aquella escuela -la de la Transición- forjó un tipo humano que aceptaba perder sin volverse apóstata y conversaba con quien detestaba porque intuía que la ley común es una mesa donde caben estómagos distintos; entendía que el acuerdo doma excesos y que la prudencia, lejos de ser cobardía, es la forma adulta de la valentía. Tocqueville avisó del peligro de un «poder inmenso y tutelar» que «no tiraniza, pero reblandece», y aquellos estadistas resistieron con reglas.
Hoy triunfa el cínico profesional: anfibio entre el sondeo y el plató, contable de clics, prestidigitador de agravios; no niega la verdad, la calcula como estorbo, porque la verdad pide tiempo y el tiempo escasea. El cínico no delibera: coreografía; no gobierna: administra emociones; no persuade al adversario, coloniza a los suyos con liturgias de pertenencia que confunden identidad y virtud.
De ahí que la encuesta pasara de termómetro a brújula, que el meme desbancase al argumento y que la coherencia se volviese lastre. La política se convirtió en ring, las instituciones en atrezo y la ética en maza ceremonial. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», avisó Gracián; el cínico lo degrada a «lo viral, si hiriente, tres veces rentable», y así el día público se mide por decibelios de odio y no por obra hecha.
No propongo hagiografías: propongo memoria. La convivencia es, como enseñó Burke, una alianza entre los vivos, los muertos y los que nacerán; romperla por una racha demoscópica es barbarie. Gobernar es renunciar, graduar, esperar; saber que la justicia sin tiempo degenera en venganza y que una derrota compartida puede ser más noble que una victoria sectaria. Ortega recordó que sin cortesía el diálogo se pudre; conviene rescatarla porque sin ella la ley se vuelve garrote.
¿Cómo desactivar la patria del cínico? Con ciudadanos que no premien la dentellada ni cuando la propinan «los suyos»; con partidos que midan el éxito por la calidad de lo acordado; con líderes capaces de arriesgar prestigio para salvar una regla que mañana pueda perjudicarles. Virtudes antiguas con lenguaje nuevo: bajar el volumen, medir el adjetivo, admitir el matiz, aceptar que el rival es compatriota y que la compostura es la primera forma de justicia.
Si recuperamos ese hábito, el cínico se quedará sin teatro; y cuando se apaga el teatro, queda el oficio: administrar la cosa pública con el heroísmo de quienes suman, firman presupuestos, mantienen servicios, reparan grietas. Entonces, quizá, la política volverá a reconocer a sus mejores hijos: no a los operadores del agravio, sino a los custodios de lo común. Nada menos.
*Mediador y escritor
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