Opinión | Escenario
Frutos secos
Me parece que ya he comentado alguna vez lo friqui de la Navidad que es mi amiga Esperanza. Dice -con toda la razón- que si los supermercados tienen puestos los turrones y los mantecados desde hace varias semanas, ¿por qué ella va a ser menos? Así que, en medio de este otoño primaveral en que la lluvia ha pasado de largo por Córdoba (a lo mejor cuando esta columna salga en el periódico, habrá llovido algo) a pesar de las alertas, Esperanza ya tiene instalado el árbol con todas sus luces y bolas. Al pie del árbol ha colocado un reno, un muñeco de nieve, unos cuantos enanitos, gnomos o lo que sean esos que ayudan a Papá Noel -Papá Noé, he oído decir por ahí- a envolver regalos. También ha distribuido estratégicamente unos cestillos con frutos secos, que su perro no para de olisquear. Esta situación se repite año tras año y soy testigo, pero me sigue pareciendo rarísima.
En cambio, fíjense, para poner el nacimiento sigue el protocolo más estricto y espera hasta el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, como está mandado. Por lo demás, continúa con sus preparativos navideños; por ejemplo, fríe almendras -no sé cuántos kilos- porque en vez de regalar vino o turrones o embutidos, regala almendras fritas, metidas en botes de cristal, envueltos con papel de celofán y atados con cintas de colores. Todos lo celebramos mucho, si tenemos la suerte de ser agraciados con tan apetitoso obsequio. Esto de freír almendras tiene su ciencia, ya que hay muy poco tiempo de diferencia entre dejarlas en su punto y quemarlas; porque la cuestión es que, una vez sacadas del aceite, durante unos instantes, por el calor residual, siguen friendo.
Y es que las almendras, lo mismo que las nueces, avellanas, castañas y otros frutos secos, aunque permanecen en el mercado durante todo el año, el otoño y el invierno son sus estaciones propias. No hay más que observar las imágenes de ardillas almacenando nueces y bellotas en los huecos de los árboles donde viven, que ilustran muchos cuentos infantiles. Precisamente los niños son entusiastas de los frutos secos; no sólo les encanta comerlos, sino sacarlos de sus correspondientes envolturas: mi nieto de cinco años maneja con pericia el típico abrenueces con forma de corazón; para abrir almendras y piñones, si estamos en el campo, utiliza un sistema mucho más primitivo: una buena piedra plana. Independientemente de su origen, cada país tiene sus preferencias. En Oriente Medio se toman antes de la comida. En España, a menudo, los usamos como entretenimiento, pero hay que poner límites, porque el su consumo excesivo se manifestará pronto en la báscula.
*Académica
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