Opinión | Calma aparente
Lo de siempre
No hay nada que explicar, a las ocho nos vemos en la puerta. En un primer momento, obviamos la interrupción estival de la rutina, pero poco a poco nos vamos poniendo al día. En la terraza de La Sultana está Luis, con su estilo aristocrático y campestre, leyendo con las gafas a media asta; nos da los buenos días como si no llevásemos un mes sin vernos, con tranquilidad risueña. Una vez dentro, empiezan a rodearnos las caras de los desconocidos a los que conocemos desde hace años, y no tarda en llegar Arancha, que todavía mantiene el moreno, el único rastro de verano que nos queda; nos da la bienvenida de la mejor manera posible, sin dárnosla: «Lo de siempre, ¿no?». Y ya nos sentimos en casa. El mundo vuelve a girar. Me sienta bien hasta el estrépito de platillos y tazas de café, hasta el reguetón de la radio.
No es ninguna tontería tener el mejor desayuno posible al lado de casa. Le quita a uno bastante presión, puesto que se empieza la jornada con la certeza de que ya se ha hecho algo que merece la pena. Allí se reúnen los deportistas, los trabajadores del colegio o la universidad, los estudiantes, los abuelos con sus nietos: todos. Se les toma el pulso a los vecinos. Basta un desayuno allí para saber que todo sigue igual. No faltaría un «qué tal está, hace tiempo que no lo veo» tan pronto como cambiase algo. Hay quien desdeña las frases hechas, pero preguntar por las vacaciones y responder que han sido cortas tan solo es un gesto de cortesía. Como cada año, vuelve a hablarse de la depresión posvacacional: irritabilidad, dificultad para concentrarse, melancolía. Tener que trabajar es un engorro, de eso no hay duda. Por eso recomiendo terminar las vacaciones en casa; es la mejor manera de armarse frente a las obligaciones laborales. El verano tiene sus riesgos, puede convertirse en un terreno de arenas movedizas, e incorporarse al trabajo sin transición es como intentar aparcar derrapando al borde de un acantilado. Si se puede, irse de tabernas con algún día libre todavía por delante también viene bien; garantiza un buen aterrizaje, redondea la reincorporación. Ahí lo dejo.
Después de la tostada y los cafés (cuando la charla se anima alargamos el desayuno con un descafeinado), me crucé con Juan, el bibliotecario de Laborales. Saludarlo tiene el mismo efecto que ver a Arancha: todo está en orden. Nos rodean personas con las que contamos, que nos anclan a nuestras vidas sin darse cuenta. Tengo planes para los próximos meses. Quizá cumpla alguno. Es mejor volver a empezar como quien no quiere la cosa, sin campanadas.
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