Opinión | A pie de tierra
España en llamas
Termina un mes de agosto caracterizado por las altísimas temperaturas que de forma sostenida hemos sufrido durante casi tres semanas; los terribles incendios que han asolado media España; la bronca política, tan vergonzante como divisiva; el heroísmo de bomberos, agentes forestales, voluntarios y UME, y los rostros angustiados, entre la desesperación, la pena y la más absoluta indignación, de tantas personas que lo han perdido todo: entorno, casas, recuerdos... La grandeza moral de un país se demuestra en momentos de crisis, y en estos últimos años hemos tenido bastantes oportunidades para comprobarlo. Somos una nación solidaria, aguerrida, valiente, capaz de crecerse en los momentos límite; pero ¿quiénes sacan siempre los pies del tiesto, demostrando que no merecen el puesto que ocupan?: nuestros políticos. Por cierto, quitando a algún alcalde o concejal, ¿han visto a alguno/a de ellos/as a pie de monte, peleando con las llamas, abriendo cortafuegos o echando una mano a la gente? ¿Cómo es posible, pues, que se atrevan siquiera a cuestionarse entre sí, o a participar en manifestaciones buscando sólo la foto? Luego, se extrañan de que crezca la desafección social hacia la política, que los españoles estén de ellos hasta más arriba del pelo, que cada vez más gente se cuestione si acudir o no a las urnas o, peor aún, se decante por los extremos. No aprendimos nada de la pandemia, no lo hicimos de la dana de Valencia y no lo haremos de la ola devastadora de incendios que ha dejado la mitad de España calcinada, ahumada y ennegrecida, a varios muertos y muchos heridos por el camino, y a miles de animales privados de su hábitat, achicharrados o intoxicados y enfermos.
Cuesta entender cómo hemos llegado a este nivel de incompetencia, pero basta hablar con cualquier persona que viva en el medio rural para realizar sin dificultad un diagnóstico certero: abandono sistemático del campo; prohibición recurrente de las labores básicas de mantenimiento del mismo; ausencia escandalosa de planificación y prevención durante el resto del año; falta de coordinación entre administraciones y, muy especialmente, la sensación, intensa casi como un dolor de muelas, de Estado fallido. Estamos gobernados por políticos que, salvando las debidas excepciones, que las habrá como en todo, están en el oficio por oportunismo, no por vocación de servicio público; que priman la ideología y el partidismo sobre el bien común; que piensan más en medrar y enriquecerse, además de ejercer con plena solvencia su cuota de nepotismo, que en gobernar en beneficio de todos; y claro, con tales mimbres así nos va. Padecemos, o sufrimos, como si de una grave enfermedad se tratara, a la peor generación política de nuestra historia reciente, marcada por el sectarismo, la división, el enfrentamiento excluyente, la ausencia de diálogo y de consensos, la incapacidad para ver más allá de su propio trasero, el egocentrismo (o el narcisismo, hoy tan presente) y la más genuina miseria moral. ¿Dónde quedó el concepto de la gran política? ¿Dónde los grandes hombres y mujeres, capaces de comprometerse con el grupo dedicándole algunos de sus mejores años? ¿Dónde la altura de miras y el sentido común?
O los españoles nos convencemos de que es preciso terminar cuanto antes con este estado de cosas, con los arribistas, doctrinarios, fanáticos y miserables, o volveremos a sufrir la vergüenza de comprobar cómo nuestros conciudadanos están muy por encima de quienes les gobiernan; y, quién sabe, puede que el verano próximo, o quizás este mismo otoño, nos toque a nosotros.
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