Opinión | Tribuna abierta
Por sus actos los conoceréis
Ante la bochornosa vorágine política como consecuencia de los incendios forestales, y las acusaciones… «Y tú más», dejan a los políticos en una situación poco o nada ejemplarizante. No se dan cuenta de que además de estar en estos momentos, debieron estar cuando no había fuego, trabajando en la prevención. Las llamas hay que apagarlas cuando no existe el fuego.
Es fácil eludir responsabilidades argumentando que la catástrofe desatada es debida al cambio climático o a causas naturales, opciones cuestionables cuando hacemos un análisis de la situación. La mayoría de los incendios tienen una responsabilidad antropogénica, por acción o inacción, pero casi siempre de la mano del hombre, llevados a cabo en un ambiente óptimo para el prendimiento de la llama. Este clima preincendiario nos lo da la situación de abandono y dejadez, la falta de limpieza, o sea, la despreocupación de la prevención.
Todo esto es fruto de decisiones políticas nefastas, llevadas a cabo en épocas pasadas, presentes y, por desgracia, se auguran futuras.
El abandono de las ganaderías extensivas tradicionales podemos considerarlo como el prototipo de la desidia política, quizá por ignorancia al no consultar con los principales agentes, los ganaderos.
El pastoreo tradicional es la verdadera defensa antiincendios, porque reduce la biomasa y las condiciones excepcionales para combatir el inicio del fuego, que según los expertos es de 6.ª generación, caracterizado por autogenerar su propio clima, tener una propagación extrema con altísima temperatura que lo hacen casi imposible de controlar. Atrás quedaron los incendios de 1.ª y 2.ª generación de los años 60-70. Se piensa que esta voracidad del fuego ha ido evolucionando al desaprovechar los medios tradicionales de pastoreo e irse acumulando residuos de energía orgánica.
La falta de apoyo institucional a la ganadería extensiva ha sido la ruina de explotaciones familiares que no han podido competir con las macrogranjas y la ganadería intensiva, al disponer éstas de ayudas europeas y nacionales. Ahora nos encontramos con una desertización de los pueblos en referencia a la despoblación y abandono de las zonas rurales.
El monte, los campos, los bosques mal gestionados, sin limpieza, son una carga de combustible idónea para su prendimiento. Unido a la desaparición progresiva de la trashumancia y los caminos de carne, nos encontramos con que el desbroce natural no existe y, cuando comienza el incendio, a culpabilizarse unos a otros, de vergüenza.
Cuando esto pase, olvidarán y seguirán, no se sabe con qué propósito, olvidando lo importante, y valorarán los réditos electorales que presumiblemente habrán conseguido. Pero a las victimas no las borrarán.
Para la población quedará: recuperar la ganadería extensiva, fomentar el pastoreo controlado, implementar estrategias para revitalizar la vida rural y proteger la biodiversidad.
Estos objetivos se podrían llevar a cabo con un liderazgo social, no político, que cargase estas propuestas para cumplir, recordando la frase: «Por sus actos los conoceréis», en reconocimiento a los falsos políticos.
*Médico
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