Opinión | Colaboración
Política del rencor y de la gloria
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Toda comunidad de vecinos funciona como una versión reducida de un país: hay egos, pactos secretos, memorias largas y presupuestos cortos. Los que sacan la basura común creen merecer una estatua; los que nunca pagan nada exigen transparencia; y los que no hacen nada votan en contra de todo, solo por costumbre. En este ecosistema, la gloria no la alcanza quien más aporta, sino quien logra que se note.
Pero donde hay gloria, nace su gemelo silencioso: el rencor. El rencoroso no interrumpe, pero anota. Guarda cada acto, cada olvido, cada injusticia real o percibida. No busca aplausos, sino compensación. Es un historiador emocional q ue archiva agravios como si fueran actas notariales. La gloria se olvida pronto. El rencor, jamás.
Llevemos esto al escenario internacional. Naciones que celebran su poder en cumbres, mientras por debajo aplican sanciones, financian guerras o simplemente ignoran al vecino. El mundo está lleno de países rencorosos disfrazados de diplomáticos. El lenguaje es técnico, pero el fondo es visceral: tú me hiciste esto, yo no lo olvido. La gloria global se traduce en rankings, PIB y fotos sonrientes. Pero el rencor opera en los márgenes, en los pasillos, en los silencios largos que nadie traduce.
Y si bajamos al plano nacional, la cosa no mejora. España vive atrapada entre el recuerdo de lo que fue y el miedo a lo que podría ser. Se hace política con el retrovisor: el pasado como arma, la gloria ajena como ofensa. Parece que el interés es que al otro le vaya mal mas que al país le vaya bien. Cada acuerdo se interpreta como traición, cada gesto como debilidad.
Pero el rencor es una ruina emocional. Y no se legisla bien desde la revancha. La gloria política real no consiste en humillar al adversario, sino en lograr que la vida del ciudadano -ese vecino anónimo del tercero- mejore, aunque no nos vote.
En esta comunidad llamada España, ya va siendo hora de dejar el rencor en el buzón y empezar a construir una gloria común: una identidad y una cultura que nos unan en vez de dividirnos. Nos hacen falta muchos comunes: un lenguaje compartido que no excluya, una educación que forme en convivencia, y sobre todo, una voluntad real de vivir juntos, aunque no siempre estemos de acuerdo.
Todavía estamos a tiempo, pero solo si dejamos el pasado atrás y construimos con un propósito común que ayude a que ese ciudadano anónimo sea feliz.
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