Opinión | Calma aparente
Solo una broma
Eran las dos de la mañana. Después de cenar, nos tomamos una copa, y nos fuimos cuando el sueño y el cansancio empezaron a gobernarnos descaradamente. Las conversaciones languidecían, los bostezos eran imbatibles, así que asumimos nuestra somnolencia y emprendimos la vuelta a casa. Pero algo inesperado perturbó nuestra calma. Dos jóvenes aparecieron a lo lejos; venían en dirección contraria, uno más adelantado que otro. Al llegar a nuestra altura, el primero se detuvo y, levantando los brazos, denotando más resignación que voluntad, nos espetó: «Bueno, pues dadme todo lo que tengáis». No llegamos a reaccionar. Por un lado, la falta de convencimiento del tipo desconcertaba; por otro lado, el que iba detrás no tardó en darle un empujón y preguntarle qué cojones hacía. «Es broma, hombre», respondió el primero, y se fueron dando camballadas. Levantamos las cejas y retomamos nuestro camino.
No había vivido algo así desde mi adolescencia. Por estar en Córdoba, en casa, me pilló por sorpresa. Al menos constaté que todavía mantengo algo de ingenuidad. Luego, lo cierto es que no nos recreamos en lo sucedido, pero la escena reverberó en mi cabeza un tiempo. No sé qué hubiese pasado si el tipo hubiese ido en serio o solo. Nunca lo sabremos, y es mejor así. En cualquier caso, ¿qué clase de persona gasta esas bromas? ¿Era una broma? Por cuestiones que no vienen al caso, el tema del origen del delito ronda mis días (todos tenemos lo nuestro). Que la delincuencia está relacionada muchas veces con la exclusión social es un hecho, basta con revisar el entorno del que proviene la mayoría de las personas privadas de libertad. Esta circunstancia influye en la educación, que constituye la herramienta principal frente a la frustración y, en consecuencia, frente a las posibles conductas delictivas. Pero esto no sirve como eximente. No todos eligen el mismo camino. Además, el exceso de teoría puede impedirnos ver lo obvio. ¿Qué pesa más, las circunstancias internas o las externas? Algunas preguntas son nutritivas en sí mismas, sin necesidad de respuestas claras.
En Pacto entre caballeros, Sabina cuenta la historia de un amago de atraco. Pero el diablo se puso de su parte: lo reconocieron y cambiaron el delito por la juerga. Después supo de uno de ellos, detenido tras un asalto. No sé qué será del tipo de la broma, quizá se equivoquen mis prejuicios. Lo que está claro es que no soy un cantante conocido, y apostaría a que el chaval no me leerá jamás. Lamentablemente, aquello nunca hubiese terminado con una buena fiesta.
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