Opinión | El lápiz de la luna
María y Pedro
Hay lugares -y personas- que se vuelven hogar. Esas «personas-hogar» no tienen que ser miembros de tu familia, ni amigos, ni tan siquiera compañeros de trabajo. A veces sencillamente son los dueños de la cafetería a la que vas cada mañana y que saben leer tu estado de ánimo: «¿Hoy cansada, niña?». Que se preocupan cuando desayunas poco: «Niña, hoy tú comer poco» y controlan tus gustos: «Hoy hay tortilla.» En mi barrio hay una cafetería que regentan dos chinos: María y Pedro. La cafetería se llama Miraflor y lleva más de medio siglo en Arenales, pero no siempre han estado al frente María y Pedro, antes estuvieron Pepe Vega y Peña. Ella es una mujer de estatura mediana, de cuerpo atlético y pelo blanco. Creo que la sonrisa es la única expresión de su cara, no la pierde nunca, ni cuando alunizaron el escaparate del negocio y tuvo que cerrar.
A todos los parroquianos que fuimos acercándonos aquella mañana en busca del buchito de café -o de ron- (cada cual a lo suyo) nos decía, sonrisa mediante: «Hoy cerrado, problema ventana». De él podría hacer la misma descripción, salvo que tiene el pelo negro y es hombre. Se complementan perfectamente, aunque es María la que corta el bacalao con su energía, su liderazgo y su capacidad de recordar al mínimo detalle los gustos y preferencias de sus clientes, que son tantos que si vas después de las nueve de la mañana te quedas sin pincho de tortilla. Ah, claro, ahora por lo de la tortilla.
También hay un cocinero, que no sé cómo se llama, pero que les aseguro que hace la mejor tortilla de la zona. En su punto, ni cruda en la que chorrea el huevo; ni seca, de esas que te tienes que beber un vaso de agua a pecho para que te baje. Con su punto de sal sin necesidad de preocuparte por la tensión si eres propenso a que se te suba y con un toque acaramelado que, por más que lo intento, no consigo adivinar qué es. El Miraflor no claudicó ante la pandemia, ni tampoco lo hizo el mes y medio que estuvo cerrado porque María viajó a China a ver a su madre enferma, tampoco lo hace cuando se van de vacaciones y echan el cerrojo. A la vuelta estamos todos allí, esperando la sonrisa -y el café-, pero, sobre todo, la sonrisa, el «¿cómo estás, niña, bien?», «¿a trabajar?», «¿tú cansada hoy?». Y todas esas muestras de cariño.
Habrá quien diga que son meras transacciones: ella te pone el café y te sonríe y tú pagas y vuelves. Quizá sea puro marketing, estrategias empresariales, manipulación encubierta. ¿Qué más me da? Tanto yo, como mi marido y todos los asiduos del Miraflor -intuyo que somos más asiduos a María y Pedro que al lugar- nos sentimos especiales cada vez que pasamos por allí. Hoy María se dio cuenta de que tengo una conjuntivitis que me está amargando un pelín la vida y a Pedro le extrañó que solo me pidiera café, y entonces, nació este artículo.
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