Opinión | A pie de tierra
No es justo
Vivir en el centro histórico de Córdoba tiene muchas ventajas, pero también grandes inconvenientes, como la falta de servicios, las incomodidades derivadas del callejero, la gentrificación salvaje, los muchos problemas que acarrea el turismo de aluvión o las molestias generadas por las mil efemérides que tienen lugar en él a lo largo del año. Tanto es así, que habitar en dicha zona -o por lo menos en una parte de ella- se está convirtiendo en una odisea propia de auténticos y contumaces robinsones. Sirva un ejemplo, pequeño pero significativo: quien más y quien menos asumió el día que decidió comprar o alquilar casa allí (algo hoy casi inabordable para el ciudadano medio) que las cosas no serían fáciles a nivel de tráfico, y que lo mejor era hacerse de entrada, aunque fuese a precio de oro, con una plaza de garaje para evitar en la medida de lo posible dar vueltas durante horas en busca de un lugar donde aparcar. Así había sido hasta que se convirtió en recurrente cortar el paso a los vecinos impidiéndoles el acceso a sus viviendas y plazas de garaje ante las muchas y habituales celebraciones, y la única respuesta de «búsquese usted la vida y vuelva cuando el evento haya acabado». Esto ocurre con frecuencia creciente durante todo el año -por razones que no es cuestión de detallar, para que nadie se dé por ofendido-, lo que obliga a muchos vecinos con cochera a buscar aparcamiento fuera de ellas, olvidando que a veces se traslada en el coche a enfermos o ancianos o se vuelve de un viaje con él hasta arriba. Algo a todas luces injusto, que podría plantear una fácil solución: si se insiste en colapsar el centro de la ciudad un día sí y el otro también a costa de sus residentes, ¿por qué no se ofrecen zonas de aparcamiento temporal vigilado mientras se celebran tales iniciativas?
A los problemas descritos se suma el estado pésimo del pavimento en algunas calles de tráfico considerable que, para mayor escarnio, han sido objeto de arreglos recientes. Dense una vuelta con el coche por el Realejo, la calle Mayor de Santa Marina o la calle Alfonso XIII, por sólo poner algún ejemplo (lo de Alfaros es de otro planeta), y lo comprobarán ‘in situ’. Es como circular por un camino rural lleno de baches y socavones, con idéntico sufrimiento para los vehículos. ¿Qué ocurre en Córdoba para que toda calle recién arreglada deba ser abierta de nuevo en canal al poco tiempo para insertar en ella servicios o infraestructuras que se olvidaron, o simplemente no funcionan? ¿Qué, para que esas mismas vías se deterioren a la velocidad que lo hacen? ¿Tan incompetentes son las empresas encargadas de tales trabajos, o es que no los ejecutan como debieran? ¿Quiénes, en último extremo, son los responsables? Súmese a ello las numerosísimas baldosas levantadas, rotas o mal ajustadas en calles y paseos, que al ser pisadas en falso cuando llueve bañan los pies y la ropa del sufrido transeúnte o provocan frecuentes tropezones y caídas, para completar el panorama vial de una ciudad histórica que no debería permitirse según qué cosas. Es urgente buscar soluciones, y cualquiera de ellas pasa por hacerles la vida un poco más fácil a los vecinos, por garantizarles una circulación adecuada a pie y rodada y el acceso a sus cocheras, además de contratar a empresas que hagan bien su trabajo y asuman responsabilidades. Lo contrario ahondará aún más en el despoblamiento progresivo que está sufriendo el centro histórico, en su puesta al servicio exclusivo del turismo y la bulla, en su transformación hasta convertirse sin remedio en un parque temático cutre.
*Catedrático de la UCO
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