Opinión | Paso a paso
Nostalgia antigua
Hay una nostalgia que no es del tiempo, sino del alma; una sed que no brota de la memoria, sino del anhelo de algo nunca poseído. Es la nostalgia de lo no vivido, ese temblor íntimo que experimentan quienes, sin saber por qué, sienten que han nacido demasiado tarde. En sus pupilas se dibujan ruinas que no han pisado, lenguas que no hablaron, plegarias que nunca aprendieron a recitar. Jóvenes que hojean a Cicerón con la reverencia de quien toca una reliquia; que encienden una vela con la solemnidad de quien descubre un sacramento; que encuentran más verdad en la armonía de un himno gregoriano que en las estrepitosas consignas de su tiempo.
Esta nostalgia no busca una arcadia política, ni anhela un pasado idílico. No es reaccionaria, sino reactiva: reacciona al vacío, al simulacro, a la saturación de lo inauténtico. «Lo que llamamos decadencia -escribía Nicolás Gómez Dávila- es el momento en que el alma se aburre de las formas sin alma». Y es justamente esta náusea ante lo profanado lo que despierta en algunos una vocación de lo sagrado.
Estos jóvenes no quieren el pasado como museo, sino como linfa. No desean copiar lo antiguo, sino encarnarlo. Intuyen, aunque nadie se lo haya enseñado, que la belleza no es adorno sino epifanía; que los ritos no son supersticiones, sino columnas invisibles del mundo; que la tradición no es una cárcel, sino una raíz que impide que el alma flote a la deriva. Por eso buscan la palabra justa, la oración callada, el gesto humilde. Por eso se enamoran de lo antiguo, no porque sea viejo, sino porque en él perciben una llama que resiste la intemperie del tiempo.
Quienes los miran con sorna -esos heraldos del presente perpetuo- no entienden que, en el fondo, su nostalgia es la más radical forma de rebeldía. Pues, mientras el mundo entroniza lo efímero, ellos buscan lo perdurable. Mientras se celebra lo inmediato, ellos custodian lo eterno. Mientras se vocifera sin cesar, ellos guardan un silencio que escucha.
«La tradición -escribía Chesterton- es la democracia de los muertos». Y estos nostálgicos de lo no vivido ejercen, sin saberlo, el más hondo de los derechos: el derecho a heredar. En su dolor sin causa histórica hay una fidelidad sin nombre; en su búsqueda hay una promesa. No restaurarán imperios, ni devolverán el esplendor a catedrales derruidas. Pero quizás -y esto no es poco- conserven viva una llama en la noche, como aquellos monjes que copiaban manuscritos mientras el mundo ardía.
Tal vez por eso no bailan al son de la última moda, ni repiten lemas prefabricados. No porque desprecien lo nuevo, sino porque anhelan lo verdadero. Y si su silencio incomoda, es porque recuerda que hubo un tiempo -y puede que aún lo haya- en que el alma humana era capaz de arrodillarse ante lo que la sobrepasa.
Aunque no sepan latín, lo pronuncian con asombro. Aunque no entiendan del todo el rito, lo abrazan con temblor. Aunque el mundo les diga que están solos, en su interior saben que alguien los espera desde hace siglos. Y en ese presentimiento resuena la eternidad.
Y tal vez, si esa llama no se extingue, un día el alma del mundo volverá a recordar aquello que nunca vivió.
*Mediador y escritor
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