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Opinión | A pie de tierra

¡Ah, el amor!

La reja que remata el paredón del río en su margen derecha viene siendo utilizada desde hace años por los enamorados para colgar candados, símbolo de los lazos sentimentales que los unen, del anhelo -supongo- de que su unión perdure en el tiempo. El origen de esta práctica podría remontar a un viejo cuento serbio, pero en el resto de Europa arrancó tras la publicación en 2006 de la novela ‘Tengo ganas de ti’, del italiano Federico Moccia, que fue llevada al cine con enorme éxito sólo un año más tarde. A partir de ahí, la locura. Basta darse un paseo por el puente Milvio de Roma o varios de los puentes de París para hacerse una idea de su alcance. En Córdoba no ha llegado la cosa a tanto, pero nuevos candados de amor aparecen cada día en la ribera.

Pues bien, la mañana del pasado 14 de febrero, día universal de los enamorados, los tramos en los que se concentran más ejemplares fueron ocupados además por una gran llave en papel plastificado con el lema «libera tu amor», y una serie de hojas amarradas a los hierros, con axiomas o versos variados en cuanto a profundidad y alcance; desde, por ejemplo, «A veces amar es dejar», a otros más complejos como «Enamórate de ti, de la vida, de lo que te rodea, de lo que haces, de quien eres... Entrégate a vivir por y para tu bien, cultívate, nútrete, cautívate; ¿por qué esperar a que otro haga lo que puedes hacer tú?». Los textos, obra de algún o alguna poeta anónimo/a, estaban impresos sobre un corazón y eran una llamada al empoderamiento, a la autoafirmación, a no perder la identidad propia aunque se esté enamorado o en pareja; y, sobre todo, a no dejar que el otro interfiera de ninguna manera en la integridad personal, imponiendo modos y formas de pensar o limitando la libertad individual de quien tiene al lado. También, en contra de la costumbre de amarrar los candados, a juzgar por uno de los mensajes: «Tu amor no necesita cadenas, y Córdoba no necesita tu basura». La iniciativa ya fue desactivada, pero sorprendió sobremanera a quienes modelan con sus pasos cada mañana la ribera. El amor, que debe ser alimentado a diario, es el motor que mueve el mundo, y no existen fórmulas mágicas ni universales para vivirlo. Quizás por ello nos equivocamos tantas veces, cayendo con frecuencia en el sentido de la posesión, las faltas de respeto, la toxicidad, el aislamiento, las imposiciones, el acomodo o incluso, en casos extremos, la violencia, que debe ser condenada y combatida sin paliativos. Errores clamorosos de manual que cuesta erradicar porque son parte de la naturaleza humana. De ahí la necesidad imperiosa de que la educación y la pedagogía estén presentes en todos los niveles de la enseñanza y, sin excepción, en casa. Una relación amorosa entre dos adultos no deja de ser un contrato no escrito, que implica entrega y pasión, pero también compromiso, paciencia, flexibilidad de carácter y muchas renuncias. Lo decía otro de los textos: «Dos personas enamoradas se ayudan mutuamente a ser más libres». Cada uno debe, pues, tener muy claros sus límites, saber cuándo debe salir corriendo o pedir ayuda, por complicado que resulte; premisa válida también para todas esas formas de amor que derivan de las nuevas y casi infinitas identidades sexuales y de género propias de estos tiempos. Un gran brindis a la diversidad que debería, no obstante, practicase sin dogmatismos ni manipulaciones, pues ni siquiera sabemos a qué terrenos inexplorados acabará conduciéndonos. Mientras tanto, evitemos transmitir a los jóvenes que es imprescindible sentir diferente para estar a la última.

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