Opinión | Palabras para andrómina
Pasado
«Sólo el olvido es fatal» escribió Fernando Savater. Siento disentir del maestro. El olvido es necesario y es fatal cuando se convierte en ignorancia pues no se debe olvidar para no cumplir el mandato de lo justo y lo verdadero -los muertos de nuestra guerra en las fosas o los exiliados-. Por ello el olvido necesita justicia y verdad, aunque esta sea tan manipulable.
Pero mantener el recuerdo de una afrenta es tan peligroso como ignorar lo sucedido. A veces olvidar resulta más útil que recordar, como se demostró en la transición política, porque olvidar no significa que algo no se recuerde, sino que ese recuerdo no conlleve resentimiento o dolor. O como hacen las ideologías: muchas de ellas se sustentan en el olvido, pues recordar sería mirar a la cara al monstruo o justificar rechazables actitudes actuales o pasadas.
El escritor montillano José Cobos Jiménez dijo -precisamente en un homenaje que recordaba su importante labor en el pasado- que de todo lo que hayamos hecho algo quedará siempre. Un concepto optimista de lo real y quizás acertado si se refiriese a la teoría del caos o a la irrepetibilidad de cada acto, o al eterno retorno nietzscheano. Yo no creo ser tan optimista; dándole la vuelta, nada quedará siempre. Y si la memoria existe es para forjar un yo y un nosotros, el yo del individuo y el nosotros colectivo, ya sea, pueblo, comunidad o país.
Los recuerdos malos y buenos nos atormentan. Aunque los buenos se escabullen rápido y no queda siquiera una concha rota en la arena que nos la devuelva. Los malos perviven en el tiempo, no son rémoras, sino regurgitaciones con el sabor ácido del estómago, con los ardores del tiempo. Nunca o casi nunca desaparecen, se enquistan en la balaustrada de la escalera de nuestra vida, punzan las piernas y aparecen como si de un pozo artesiano surgieran hacia los ojos, la boca y el rostro deshecho. Y para evitarlo se acude al perdón, pero el perdón -aunque haya que hacerlo setenta veces siete- es desagradable. Quien perdona odia el perdón (olvido, pero no perdono, decía un ilustre político). Escribe Cioran que el recuerdo del pasado nos sitúa de pronto ante la evidencia de lo irreparable. Y mantener vivo por un tiempo sin fin el recuerdo de una afrenta es tan peligroso como ignorar lo sucedido.
Para George Orwell quien controla el pasado, controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado. Es la práctica de lo que dice un dicho ruso con mucha retranca de que el pasado es impredecible. Porque el pasado es pasado en cuanto presente y se recuerda, aunque el recuerdo esté alterado, que es lo que suele ocurrir interesadamente. Por ello decir memoria histórica es un pleonasmo, pues toda memoria es histórica. Y la historia es siempre una interpretación. Para Nietzsche no existen los hechos sino una interpretación de ellos.
Es muy significativo que para los griegos la verdad consistía en un no olvido del pasado, de ahí que designaban a la verdad como ‘aletheia’, lo contrario al olvido. Y el olvido por el baño en el Leteo, el río del olvido en el infernal Hades, era su contrario.
Y si el futuro no existe y el presente ya es pasado, ¿qué nos queda? Porque tanto el pasado, como el presente o el futuro, son ficciones. La fantasía del tiempo se basa en lo que dijo Strindberg: «El tiempo parece breve cuando ha pasado, pero cuando se está viviendo parece interminable». Pero la muerte nos libera y ya los recuerdos pueden descansar en paz. n
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