Opinión | Mujeres
Las redes como desahogo
No todos, pero sí a todas. No todos los hombres violentan a las mujeres, pero absolutamente todas las mujeres pueden contar algún episodio en primera persona sobre el abuso masculino. Lo corriente es que se vayan sucediendo a lo largo de sus vidas. Comentarios babosos, bromas que maldita la gracia, encerronas, toqueteos, y de ahí para arriba. Violencia sexista en la calle, en el entorno laboral, en casa. Asaltos callejeros y abusos domésticos. No todos los hombres, desde luego, pero, en cualquier caso, demasiados.
En España, Cristina Fallarás, escritora -la primera mujer en ganar el premio ‘Hammett’ de la Semana Negra de Gijón-, periodista y activista feminista, lleva algún tiempo, desde que estalló el caso Rubiales, compartiendo en sus redes sociales los relatos que otras mujeres le confían sobre los excesos masculinos, que van desde un jefe que se pasa de la raya a palizas, violaciones y abusos reiterados. Una amplia gama de violencias contra las mujeres, que no es raro que se las empezaran a infligir cuando aún eran unas niñas. Se cuentan anónimamente, sin nombres, pero, a menudo, las mujeres que lo leen se reconocen en el relato ajeno, que es muy parecido al suyo, y también creen reconocer al hombre que lo protagoniza, a pesar de que, retratado con par de trazos gruesos, casi podría ser cualquiera. En Portugal, más de 66.000 hombres compartían en un canal de mensajería móvil fotos y vídeos de miles de mujeres, de todas las edades, tomadas y difundidas sin su permiso. Las acompañaban de comentarios soeces, misóginos y despectivos. Pedían opinión sobre sus cuerpos y fantaseaban con lo que les gustaría hacerles. Organizaron foros, dedicados a mujeres embarazadas, a mujeres trans, a mujeres «gorditas», a madres e hijas. Algunas eran imágenes que las mujeres habían enviado privadamente, en el contexto de una relación íntima, y que sus destinatarios ponían generosamente en común, otras habían sido robadas en plena calle, por debajo de la ropa, en las playas, en los gimnasios. Los 66.000 tipos que accedían a ese canal no estaban allí por casualidad, habían entrado con una invitación y algunos habían pagado 20 euros para tener derecho a participar en los foros más reservados. ¿Imaginan a miles de mujeres, los cientos de miles que siguen a Cristina Fallarás, pongamos por caso, intercambiando fotos de hombres, compartiendo bromas sexuales sobre sus cuerpos, sobre sus gustos sexuales, identificándolos, dando datos sobre dónde viven y dónde se puede acercar una a acosarlos?
Las mujeres abren espacios comunes para compartir sus traumas, para hablar de lo que no se han atrevido a hablar en voz alta, y se refugian en el anonimato por miedo y por vergüenza; los hombres, se juntan y se encierran, dan rienda suelta a sus bajos instintos y liberan el monstruo que dicen que llevan dentro, se envalentonan entre ellos.
No todos, claro que no, pero sí demasiados, desde luego.
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