Opinión | Cosas
El rey de barro
Los arquetipos se ponen a prueba con las grandes conmociones, allí donde se evidencia el alma del pueblo español y afloran sus grandezas y, por qué no, sus inveteradas miserias. La tragedia de estas inundaciones del Levante se suma a la también ejemplar reacción de la ciudadanía tras el 11-M, o al activismo medioambiental tras el desastre del Prestige en ese continua renovación de votos con el corazón solidario de los españoles. Pero también arrastra como contraste el exasperante enroque para eludir responsabilidades, endosando la culpa con una pasmosa facilidad. Me he acordado en estos momentos del ministro Antonio Asunción, valenciano por cierto, una rara avis que dimitió de su cargo cuando Luis Roldán materializó su fuga.
Desconfiamos de esa entente entre las diversas fuerzas políticas. Se musita un «vamos a llevarnos bien» porque todos tienen mucho que perder. A la Comunidad Valenciana se le ha desbordado esta histórica gota fría, gestionando pésimamente la información a la población. Pero pergeño que a esta bonancible magnanimidad de la Moncloa se le añade una cucharita de tacticismo político, no declarando el estado de alerta porque esta vez no le va a pillar en un renuncio el Tribunal Constitucional, y que sea esa comunidad administrada por el PP la que se retrate en sus indecisiones.
Los valencianos, sin saberlo, han implorado en los primeros días a Carl Schmitt, que sostenía que soberano es quien gobierna en el estado de excepción. Las horcas y todo el utillaje libertario han sido sustituidos por escobas para enfangarse en el noble propósito de ayudar al prójimo, mientras chirriaban los engranajes de la coordinación. Hay otras dolorosas primas de riesgo, y en muchas cancillerías se le está haciendo una prueba de esfuerzo a la marca España, pendiendo indicios razonables de que muchas muertes pudieron evitarse.
Aviso a los populismos: no metan las zarpas de sus insidias en esta desgracia, sobre todo los que niegan el cambio climático. Ni hagan con sus esperpentos el trabajo sucio a quienes pretenden aligerar el Estado, aquel a quien tantos compatriotas invocaron cuando su vida se ponía a prueba frente a esas aguas del Mar Rojo embutidas en un barranco.
Hay muchos motivos para entender la furibunda reacción con la que se encontraron los monarcas en Paiporta, muchas de la cuales habían sido reconducidas no por la indignación, sino por una intoxicación política. Pero los Reyes tenían que estar ahí, no para inmolarse, sino para que las víctimas de esa tragedia le trasmitiesen su dolor al corazón del Estado. Las imágenes de Felipe VI y Letizia con los pegostes de barro han dado la vuelta al mundo. Muy lejos esas agresiones de las broncíneas estatuas de la realeza. Mas, al contrario de los tópicos, este doloroso fango ennoblece. Mejor, pues, tener un rey de barro.
*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor
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