Opinión | Con permiso de mi padre
Desconfíen, por su bien
¿No tienen a menudo la sensación de que ya es suficiente? ¿De que prefieren no saber nada más, porque están saturados? ¿De que el bombardeo de información resulta insoportable, porque todos los días nos desayunamos con un nuevo escándalo, un suceso que anula y sobrepasa al anterior?
Como si de una táctica de tortura se tratase, a través de una estrategia de agotamiento de los sentidos, los medios nos saturan (no de manera inocente, por supuesto) con hechos y opiniones que es imposible procesar o asumir, porque se convierten en pasado sin apenas haber conseguido ser presente. Decía el periodista Walter Lippmann, allá por los años 50, que «las exclusivas de hoy envolverán el pescado de mañana», pero la realidad ha superado con creces esa frase, porque lo que se nos cuenta por la mañana ya llega helado al mediodía.
Antes, la prensa escrita y la radio (después llegó la tele) marcaban el ritmo de la información, y ahora los medios digitales y las redes sociales no dan ni un segundo de respiro: fogonazos constantes que nos dejan desarmados y rendidos. Ha cambiado el paradigma de funcionamiento de la prensa, y aquellos principios de veracidad, objetividad y responsabilidad han quedado en segundo plano frente a índices de audiencia, influencia, rentabilidad y manipulación. El qué, una de las cinco W (What, Who, Where, When y Why) cobra importancia dependiendo del quién. Es decir, algo se convierte o no en noticia, de manera interesada, dependiendo de quién sea el sujeto de lo ocurrido y, del mismo modo, se silencia lo que no interesa si no resulta conveniente sacar a la palestra a determinado sujeto: si no aparece en los medios, no existe, y es que la opacidad es también una forma de desinformación.
No crean ni por un segundo que todo esto sucede porque sí, porque la velocidad del mundo moderno y las tecnologías y blablabla. No, por supuesto; citando a otro grande, George Orwell, «quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado». Así que en eso están todos los poderes, en controlar el presente, para reescribir el pasado y, de ese modo, manejar el futuro.
Y si ese control viene de un gobierno empeñado en mantenerse a toda costa en el poder, podemos encontrarnos sufriendo una autocracia en la que la censura, la desinformación y la parcialidad sean la tónica general en los medios. Intenten ser críticos, intenten contrastar, salgan de la manida «zona de confort» de su pensamiento y plantéense quién se beneficia de cada noticia, qué es real, qué es importante de verdad y qué es un simple trampantojo para tenernos entretenidos mirando el dedo mientras nos roban la Luna.
No pasen de las noticias: simplemente desconfíen y usen el cerebro, que es un músculo que debemos ejercitar para no acabar como borregos asintiendo y pidiendo más de ese pienso tan interesado como dañino.
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