Opinión | Con permiso de mi padre
La vida en semitonos
Hoy en día, a poco que tengas una moral «flexible», es muy fácil desenvolverse en un mundo en continuo movimiento, adaptarse a las circunstancias cambiantes y mantenerse en la zona del gris, sin decantarse por el blanco o el negro.
Porque, vamos a reconocerlo, es muy cansado actualmente defender ciertos valores y enfrentarse al rodillo woke, para el que «sentir» está por encima de «ser» o de «saber». La lógica sucumbe ante la percepción, y así es imposible establecer una línea coherente de vida.
Sí: a poco que hayan vivido no creo que nadie siga pensando a los 50 igual que a los 20 (no creo que sea ni siquiera sano), pero hay una serie de valores que deben mantenerse inmarcesibles.
El derecho a la propiedad privada, por ejemplo; si a los poderes públicos les parece bien robarte (ellos u otros) lo que has ganado o heredado, están propiciando que nadie se esfuerce por trabajar más de lo necesario.
El derecho a pensar libremente y a expresarlo: el último reducto del ser humano es su pensamiento y nadie tiene poder para imponernos qué pensar sobre tal o cual tema. Ser racista es un asco, pero no es un delito hasta que no discriminas o maltratas a alguien por razón de raza. Pensar, lo que quieras. Actuar ya es otra cosa.
También creo en el derecho de toda persona a defenderse, a sí y a los suyos, de quienes pretenden arrebatarle la libertad, la propiedad y la vida. Y me temo que, tal y como pinta la cosa, los ciudadanos honrados van a buscar la manera de sentirse a salvo si desde el poder no les aseguran, e incluso les discuten, ese derecho.
Creo en la libertad de conciencia: que desde el Estado se señale a quienes se niegan a realizar acciones que van en contra de sus creencias morales me parece un acto de crueldad inadmisible.
Quizás por todo eso me llama tanto la atención la pasividad de esta sociedad frente a leyes o normas que nos están imponiendo, y que nos obligan a renunciar a nuestras creencias y a nuestra manera de ver la vida. Supongo que es más cómodo no enfrentarse a nada, no significarse o no expresar disconformidad, porque así se evitan malos ratos, señalamientos o cancelaciones. Pero llegará un día en el que, de tanto agachar la cabeza, el cuello ya no sea capaz de enderezarse y se quede sumiso y dócil para siempre. Gris de por vida, sin defender nunca ni lo blanco ni lo negro, por más justos que sean. Casi mejor quedarse ciegos.
*Periodista
Suscríbete para seguir leyendo
- Accidente ferroviario en Adamuz: al menos dos fallecidos confirmados
- Descarrilan dos trenes en Adamuz: ascienden a 21 los fallecidos
- Accidente ferroviario en Adamuz, Córdoba: 'Cuando sentí que se salió el tren solo imploré a Dios
- El Centro de Transfusión de Córdoba insta a donar sangre en los próximos días para ayudar a las víctimas
- Una mujer de Bujalance, entre las desaparecidas en el accidente de tren de Adamuz
- Un policía de Córdoba destinado en Madrid, entre los fallecidos en el accidente ferroviario de Adamuz
- El hospital Reina Sofía de Córdoba se moviliza para atender a los numerosos heridos del accidente de tren en Adamuz
- Iván Ania, tras la derrota ante el Málaga: 'Veníamos de tres victorias con bajas, no somos un equipo llorón
