Opinión | Con permiso de mi padre
Domingos de chándal y burger
Se supone que Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó, así que en casi todos los países, sobre todo de tradición cristiana, el domingo es día de descanso (y en teoría de oración también).
Pero los humanos, que en nuestro infinito orgullo nos creemos superiores a los designios divinos, nos hemos empeñado en ir a lo nuestro, así que cada vez rezamos y descansamos menos.
Porque ya me dirán ustedes qué clase de reposo es pasar el último día de la semana pateando un centro comercial, rodeado de miles de personas empeñadas en gastar un dinero que no tienen en unas cosas que no necesitan.
Riadas de familias, disfrazadas como si fueran a hacer senderismo o deportes de riesgo varios, toman por asalto los pasillos y echan una jornada entera paseando ante escaparates de tiendas que les llaman con sus cantos de sirena. Creo que les he contado alguna vez lo de mi asombro con lo gente vestida de deporte para todo lo que no sea estrictamente hacer deporte, así que les ahorro ese tema de nuevo.
Pues van ellos y ellas, con sus niños, sus carritos de bebés, ahora hasta con sus perros, y pueden disfrutar de todo un día, de diez de la mañana a diez de la noche, sin ver siquiera la luz del sol. Entiendo que pueda ser una alternativa puntual, sobre todo con críos pequeños, en días de lluvia o en tardes tórridas de verano, antes que estar en un parque pasando frío y penurias, pero díganme qué maravilla explica elegir libremente una mañana de primavera bajo luces fluorescentes y sin aire natural.
En esto, como en casi todo, hay diferencia entre los sexos (lo de los géneros lo controlo menos), pero en general ellos arrastran los pies por tiendas de ropa (que entren a dar su opinión en los probadores debería estar prohibido), y ellas sobrellevan los bostezos en los almacenes de bricolaje. Mientras tanto, sus criaturas se debaten entre pedir todo lo que ven o tragarse tres películas en el móvil, en vena y a todo volumen.
A mediodía, todos a hacer cola para comerse unas hamburguesas como suelas de zapato o un arroz precocinado a precio de chiringuito playero. Y si hay suerte, por la tarde una película taquillera, unas pizzas, y para casa. Un planazo.
Menos mal que hoy ya es lunes y volvemos al trabajo, que hay que ganar mucho para volver el domingo siguiente a fundir tarjeta de crédito.
Feliz semana.
*Periodista
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