Opinión | Inmigración y ultraderecha
La pisada del elefante
Podemos enfocar la mirada o desviarla. Dejar que, simplemente, resbale por nuestro alrededor o esforzarnos por escudriñar todos los ángulos. No es inocente la mirada, determina el modo de estar en el mundo, incluso la existencia. «No pienses en un elefante» es la celebrada frase del lingüista George Lakoff, basta con pronunciarla para que la trompa de un gran paquidermo juguetee en nuestra mente. El pensamiento también genera imágenes interiores. Enfrentarse a ellas -mirar- es, de algún modo, un acto político. Porque tiene una dimensión personal, pero también colectiva. Se contagia. Se cala en las entrañas. La inmigración ya ha escalado al principal problema de España, según recoge el estudio de septiembre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Esa determinante presencia en el podio de las inquietudes desciende al quinto lugar cuando se pregunta a la persona encuestada como le afecta personalmente. La imagen interior del elefante de la inmigración es tan colosal que ha conseguido imponerse a la mirada real sobre la vida cotidiana. No es fácil el enfoque a la inmigración. Una mirada ingenua es incapaz de abordar los grandes retos que plantea, ya que no quiere ser consciente de las dificultades que entraña ni de los esfuerzos necesarios para afrontarla. Menos aún puede plantar cara a la mirada que quiere imponer -y que, de hecho, está logrando- la ultraderecha. Cuando Feijóo visita y admira públicamente a Meloni por su política migratoria, está aplaudiendo medidas que consisten, básicamente, en tratar a personas como mercancías que pueden trasladarse de un sitio u otro sin ningún cuidado y que, alguna vez, mala suerte, se malogran por el camino.
El elefante que dibuja constantemente la ultraderecha -con el apoyo cada vez más creciente de la derecha- es el que considera a los migrantes como un sobrante, un despojo. No mires la humanidad de sus caras, nos dicen. Son los que te robarán, violarán o asesinarán. Como si todo el sufrimiento que cargan les hubiera robado la naturaleza humana. Pueden ser golpeados, esclavizados o hundidos en el mar, no son como nosotros, repiten. Y se apresuran a dibujar las hechuras del monstruo. Todo sirve, incluidos los datos falsos o los vídeos manipulados. La imagen de una serpiente nos provoca terror. Sabemos de su peligro potencial. Ante su presencia huimos o, según las circunstancias, tratamos de acabar con ella. Es una reacción intuitiva. ¿Hasta qué punto la asimilación de la inmigración como conflicto ha calado ya en nuestro pensamiento? Lleva tiempo formar una mirada. Destruirla, mucho más. Se quiere imponer una visión que no reconoce al inmigrante, que niega su complejidad humana, aún más sus necesidades. Como mucho, se espera sumisión. Contrarrestar ese enfoque requiere algo más que criticar a los que dibujan paquidermos. Se necesita valentía e inversión. No hacerlo es aceptar que la compasión puede borrarse del discurso político, que esa es una mirada aceptable. Permitir que un elefante pisoteé nuestra convivencia y nuestro futuro.
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