Opinión | Tribuna abierta
El término medio
Es probable que hayan visto estos días un vídeo que se ha viralizado en las redes sociales sobre cómo pasar una estancia de cuatro días en Ibiza, sin gastarse prácticamente un duro. Lo protagoniza un joven con acento canario y en él sintetiza cómo invirtieron su tiempo de vacaciones y gastaron su dinero, afirmando que lo único que les salió caro fue el billete de avión porque lo adquirieron en el último momento.
Disfrutar de las playas más bonitas de la isla, por ejemplo, cero euros. Alojamiento, también cero euros, básicamente porque el protagonista del vídeo y los tres o cuatro amigos que le acompañaron decidieron pernoctar en unas hamacas colgadas de los pinos, en mitad de un bosque (por supuesto, de manera ilegal). Ducha e higiene, cero euros, al aprovechar el agua corriente de la manguera de un vecino ausente. Por lo demás, podemos imaginar dónde hicieron y dejaron sus necesidades.
También asistieron a la competición ilegal de saltos de acantilado que se celebró primero en Cap Martinet y después en las proximidades de la Torre d’en Rovira, cerca de Platges de Compte. De nuevo, coste cero. Comida, 30 euros, al alimentarse a base de latas de albóndigas y otros productos de supermercado. Transporte, 30 euros en gasolina, al moverse en un coche prestado. Una excursión en paddle surf, 20 euros. Y llegamos al gasto más relevante de la estancia: una entrada para la discoteca, 100 euros, «el dinero mejor invertido en la isla porque fue una pasada». Con los 160 del avión, unos 340 euros en total.
Lo que no dice el vídeo, pero sí conviene subrayar, por si alguien no se ha percatado, es que también invirtieron cero euros en disfrutar de una comida o una cena en un restaurante, cero euros en comprar un recuerdo o cualquier otro producto en los comercios y cero euros en visitar un museo o realizar cualquier otra actividad cultural. Tampoco visitaron las murallas renacentistas ni conocieron los pueblos de la isla. Únicamente la discoteca y el resto del tiempo, vida de vagabundo.
La presencia de estos jóvenes, parecidos a tantos otros que llegan y se adueñan de algunos rincones de nuestra costa, como es Calonet, en Cala Tarida, donde con su falta de educación, su música a todo volumen y sus perros sueltos han desplazado a los oriundos de los varaderos, constituye la quintaesencia de un turismo chabacano que también nos caracteriza y que crece año tras año. Representa el escalón más bajo de quienes nos frecuentan en temporada, al mismo nivel que aquellos que se aventuran un fin de semana de discotecas sin contratar alojamiento y acaban durmiendo la mona sobre la arena de cualquier playa. Quien quiera comprobarlo, sólo tiene que darse un paseo al amanecer por las playas más turísticas del sur.
Y en idéntico segmento podemos situar a la legión de autocaravanas y demás vehículos tuneados como vivienda temporal, que saturan los aparcamientos de las playas, adueñándose de ellos y no dejando sitio para los demás -algunos no los mueven durante días e incluso semanas-. Nada tienen que ver, por cierto, con los trabajadores de temporada sin techo, que acampan en los descampados próximos a las zonas urbanas, sin preocuparse de las vistas. Si hay que limitar la entrada de vehículos a la isla, parece evidente por dónde cabe empezar.
Esta clase de viajeros representan la némesis del turismo de lujo o de aquellos capaces de pagar cifras astronómicas -incluso ridículas, si nos atenemos a la relación calidad/precio-, por pernoctar en un hotel o una vivienda, y frecuentar las discotecas y beach clubs. Sin embargo, este turismo supuestamente de alto standing y el perroflautismo al que aludíamos antes tienen algo en común: generan un gran beneficio para los locales de ocio, en manos de tan sólo un puñado de empresas, pero apenas pisan los negocios de las familias ibicencas, orientados a otra clase de perfil, como los restaurantes tradicionales, los comercios de ropa que no trabajan para multinacionales ni marcas de lujo, las cafeterías normales, etcétera.
En Ibiza nos hemos empeñado en borrar de la ecuación el término medio. El turismo que nos visita es blanco o negro, cuando la mayor parte de nuestra oferta complementaria se mueve en el gris. Al final, va a darse la paradoja de que, tras años de apostar por promover el lujo, a costa de hinchar sin filtro los precios y ofrecer gato por liebre, nos las veamos promocionando de nuevo el turismo familiar, para tratar de atraer nuevamente a las clases medias europeas y combatir esta imagen de estafadores que nos hemos ganado a pulso. Esta Ibiza, definitivamente, se nos ha ido de las manos. Quien no lo quiere ver y se reitera en la apuesta desmadrada por el lujo, únicamente habla a favor de sus intereses.
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