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Opinión | Cielo abierto

El hijo del padre

Rafael Lozano padre ha llenado de hondura el abrazo a su hijo al final del combate

El pulso y la caída, el abrazo del padre, las lágrimas del hijo, su dibujo total, han sido más veloces que el deseo de escribir el laurel de la historia infinita. El púgil cordobés Rafa Lozano ha estado sólido y convincente peleando por ganar una medalla. La opinión dividida de los jueces, en esa nebulosa de los puntos que puede responder, desde la grada, a una valoración emocional, ha dejado al boxeador olímpico en las puertas del bronce. Córdoba y España pierden su medalla, pero la literatura gana el gesto del padre que espera en su rincón para besar la frente de su hijo. De un Rafael Lozano al otro, del hijo al padre y del padre al hijo, tenemos la aventura familiar trepidante que nos conduce siempre a lo más grande de nosotros mismos. El gesto de Rafael Lozano padre, seleccionador nacional y campeón de Córdoba en el mundo, medallista olímpico con metales pesados, ese beso en la frente, en la esquina del ring, cada vez que su hijo acaba su combate, no muestra su condición de seleccionador, ni tampoco de campeón del pasado, sino el perfil de un padre que siempre está esperando, en su propio rincón, el regreso de su hijo al volver de la vida.

En unos juegos en los que asistimos a la duda razonable o, al menos aparente, del boxeador masculino dispuesto a disfrazarse de mujer o a intentar convencernos de que es una mujer para tener opción a una medalla, nos conmueve esta historia del padre que ha seguido esperando a su hijo en el rincón, y viendo su combate con los ojos de padre y también de remoto campeón: porque seguramente ya sabía, o podía adivinar, que la pelea estaba difícil en cuanto se cruzaron los primeros guantes. Quizá ha parecido en todo momento que el rival estaba un punto por encima, por largueza de brazos y tamaño; pero también en cada recoveco Rafa Lozano Jr. ha puesto por encima toda su resistencia y su coraje, una suerte de estrategia en pie que buscaba ocupar el centro de la lona para esperar el brío de su momento, la andanada final que casi se produjo y que nos levantó del sillón.

No hay nada más potente en esta vida que el abrazo de un padre con su hijo. Todo lo demás son intermediaciones entre la soledad humana y el abismo. Rafael Lozano padre ha sabido llenar de hondura íntima el momento internacional de abrazar a su hijo al final de todos sus combates. Habríamos querido una medalla, pero a nadie habrá dolido más que al hijo que ha perdido con su padre protegiendo su esquina. Así que para mí el muchacho ha ganado su medalla de distinta aleación, con un metal pesado en las puertas del podio, pero también dentro de la emoción. Sólo queda mandarles un abrazo a los dos, al padre y al hijo, que ahora tienen la vida con su boxeo de luz.

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