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Opinión | Con permiso de mi padre

Tiempos de silencio

El verano suena a descanso, a tiempo más lento, a playa o montaña, a sol y a diversión... para la mayoría, pero para otros significa algo distinto.

Y no me refiero a quienes tienen que trabajar en estos días para que los demás disfruten. Al fin y al cabo, es un trabajo remunerado (muy mal pagado en ocasiones, sin duda) y para lo que se está mentalizado.

Pero es que el verano supone también abandono; quizás al leer esa frase han pensado en las mascotas que se dejan, tiradas como colillas, en las calles o en las carreteras, sin una despedida ni otra razón que el egoísmo de sus dueños, en una acción repugnante y cobarde donde las haya. Lo que quiero contarles hoy es que verano y vacaciones significan desamparo para muchas personas mayores.

Supongo que tiene que ver con esta sociedad nuestra hedonista y caprichosa, en la que sólo buscamos el placer propio y el disfrute por encima de responsabilidades y las obligaciones. Y las personas mayores, para muchas familias, son una pesada carga que se atiende por obligación y con incomodidad. En esta generación no es muy habitual que los abuelos vivan en casa con el resto de la familia: se ha hecho necesario delegar los cuidados a internos o a residencias, y con el paso del tiempo se han acabado delegando también cariños y atenciones. Muchos nietos no conviven con sus abuelos más que unas horas a la semana, en las que, marcados por un turno estricto, tienen que ir a verles y hasta darles conversación obligatoriamente.

Ya sé que no es justo generalizar, que hay muchas familias que adoran a sus mayores y los tratan con enorme cariño y dedicación, pero también las hay más preocupadas por encontrar un hotel al que puedan ir con su perro que en atender estos días a sus ancianos. Y tampoco hay que dar por hecho que todos los mayores son merecedores del cariño de sus familiares: hay quien ha sido mala persona toda la vida y cree que simplemente por peinar canas se ha ganado el derecho al afecto. Y no, eso tampoco.

Me da pena lo que se están perdiendo los jóvenes y los niños, todas las historias que se quedarán sin contar, los recuerdos que ya no serán para nadie, una generación que se dedicó a trabajar para construir un país que hoy día, como la familia tradicional, muchos pretenden derribar y por la misma razón: tienen un resentimiento y una frustración vitales que les hacen odiar a todos los que, dentro de nuestra posibilidades, intentamos ser felices y hacer lo correcto. Ellos se lo pierden.

*Periodista

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