Opinión | Tribuna abierta

Estoy rodeada de exhaustos

Queridos todos: en cuanto termine este artículo comenzaré a dedicarme a la vida tranquila, lo juro. Me lo tengo prometido a mí misma. Olvidaré el móvil en algún rincón oscuro de mi casa y no lo miraré ni una sola vez. No publicaré nada en redes sociales, ignoraré a quienes lo hagan, perderé mis días de racha en Duolingo sin remordimientos, no atenderé a urgencias, ni llamados, no leeré el mail, no me inquietaré pensando en todo lo que no estoy haciendo, ni en los libros que tengo por leer ni en las series que no he terminado. No haré listas de cosas que quiero hacer antes de morirme. Me comportaré como si no tuviera agenda. Como si no tuviera planes.

No es que no piense hacer nada. Me dedicaré a merendar con las amigas y observar el lento movimiento de las nubes. No haré ningún esfuerzo por parecer ocupada ni activa. Me declararé universalmente dueña de mi tiempo y de mis decisiones, y también de mi aburrimiento. Soy de las que piensan que el aburrimiento es fértil y necesario, que sin él no habría creación, ni arte. Así que pensaré en mis cosas, tramaré novelas futuras, filosofaré sobre la vacuidad del tiempo, me aburriré de aburrirme. Y todo ello, insisto, sintiéndome bien. El gran triunfo es, en realidad, este último: no sentirse mal por no seguir el ritmo acelerado del mundo. Espero conseguirlo. Me empeñaré a fondo.

El síndrome más moderno que existe es el de la vida ajetreada. Por alguna razón, en esta vida rápida que nos hemos inventado necesitamos sentir que hacemos cosas, muchas cosas. Vamos por ahí diciendo que nuestra agenda está llena, como si eso fuera un mérito. Llenamos también las agendas de nuestros hijos. Quien tiene compromisos tiene inquietudes, pensamos. Está bien estar solicitada, socializar, conocer gente y sitios, sumarse a causas de todo tipo, enriquecedoras o divertidas. Hacemos cursos, tenemos aficiones. Practicamos deporte como si nos fuera la vida en ello. Deportes rápidos, sexo rápido, todo rápido. Y lo hacemos todo sin dejar de informar a través de las redes sobre dónde estamos, qué comemos, qué nos gusta, qué nos molesta. Así nos pasa lo que esta semana me escribía un amigo en un correo: «¿Cómo estamos hablando ya de septiembre si hace nada era Navidad?». Y en nada volverá a ser Nochebuena. Pasamos de puntillas sobre el tiempo.

Últimamente, veo mucha gente cansada. En mi entorno más inmediato estoy rodeada de exhaustos. Gente que no puede aguantar el ritmo, pero que sigue intentándolo, porque no tiene otro remedio o porque nos han educado para pensar que lo mejor es producir. Como si parar fuera cosa de débiles. O así era hasta ahora. Pero ocurre que, últimamente, también oigo a gente de éxito decir que no puede más, que necesita tomarse un descanso. Son cada vez más numerosos, y los hay en todas las disciplinas: deportistas, bailarines, cantantes, escritores, dibujantes, actores... Admiro su valentía al proclamarse cansados. Y más aún al tomarse su tiempo. Desaparecer no es fácil en un mundo que parece reclamarte sin tregua. Pero es necesario.

Así que os propongo un ejercicio similar. Cada vez que algo reclame tu atención, pregúntate si merece la pena prestársela. Nuestro tiempo es valioso. Es, de hecho, lo más valioso que tenemos. No prestemos ese tesoro a cualquier cosa, a cualquiera. Dosifiquémoslo. Tal vez así dejemos de estar cansados y empecemos a estar tranquilos. Yo pienso empezar después de este punto final.

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