Opinión | Escenario

Maletas

En esto del transporte de equipaje, todos estaremos de acuerdo en que lo que más nos gusta es ese baúl -Louis Vuitton- de cantoneras doradas, que vemos en las películas, que cuando se abre es como un armario, con su perchero, sus cajones y su espejo; y vale lo mismo que un coche; pero claro, dejando aparte el precio, dichos baúles están pensados y diseñados para ocupar espacios en los camarotes de los cruceros de superlujo o en los hoteles de mil estrellas, no para llevarlos a pasar una semana en un apartamento de Torrevieja, de Benalmádena o de Zahara de los Atunes. Por otra parte, oí decir a una embajadora -esposa de embajador- que lo que debía ser de muy buena calidad es lo que llevemos en la mano, porque el resto estará sometido a todo tipo de golpes y malos tratos, además de convertirse en objetivo preferente de los cacos y descuideros, que pululan por estaciones, terminales de aeropuertos o restaurantes de carretera.

Hablemos entonces de las maletas de viaje, que modernamente se deslizan sobre ruedas, pero que sin ellas, también ha sido protagonista de numerosas películas -más que el baúl-. Por cierto, algún día hablaré de cosas cinematográficas que me obsesionan y una de ellas es lo poco que parecen pesar las maletas -esto es porque realmente pesan poco- y la facilidad con que los actores las manejan y hasta corren llevándolas en la mano. También me llama la atención eso de que, cuando van con prisa, echen la ropa en la maleta con perchas y todo. Lo cierto es que lo de las ruedas es un buen invento. No hay más que ver las ofertas que estos días llenan los escaparates. Entre las maletas de mano, las que ganan por goleada son las de cabina, cada vez más pequeñas para que cumplan los requisitos de las compañías aéreas, pero en éstas cabe poco más que en un bolso, por mucho que las redes sociales estén llenas de creadoras de contenido explicando cómo hacer la maleta para que quepa todo: en conclusión, juegos malabares y rompecabezas; y al final, si viajamos en avión, un conflicto para colocarla en el lugar dispuesto para ello. Todo preferible a facturar la maleta que, si vamos a Nueva York, puede acabar en Singapur. No es una leyenda urbana, las maletas se pierden con frecuencia, con el consiguiente amargamiento del viaje.

Cuando haces el Camino de Santiago -ahora debe estar a tope. Buen camino- y tienes que meter el equipaje en una mochila y llevarla a cuestas, es cuando caes en la cuenta de lo superfluo que es casi todo. Ahí lo único que importa es el peso, que al principio puede parecer llevadero; y la preocupación, que se te seque la ropa para el día siguiente.

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