Opinión

Apoteosis laborista, hecatombe ‘tory’

La victoria de Starmer obedece a una especificidad británica: el hartazgo de 14 años de despropósitos

La histórica y apabullante victoria laborista en las elecciones legislativas celebradas el jueves en el Reino Unido y la mayor derrota sufrida nunca antes por los conservadores debieran servir para que se estabilice la política británica, que en una legislatura ha visto desfilar a tres primeros ministros, ha presenciado constantes remodelaciones de Gobierno y ha hecho cundir la desconfianza por la degradación de las políticas sociales, el estancamiento económico y la incapacidad de sanear la relación con la Unión Europea.

Pocas veces una mayoría también avasalladora como la lograda por Boris Johnson en 2019 fue tan mal utilizada. El error de base del Brexit ha sido agravado por una cadena inacabable de despropósitos que han impedido minimizar los costes derivados del Brexit, dar con la fórmula para gestionar con criterios humanitarios los flujos migratorios y acabar con la sensación permanente de falta de liderazgo.

La moderación de Keir Starmer y la neutralización de la vieja guardia que rodeó a su antecesor, Jeremy Corbyn, al frente del Partido Laborista, han sido instrumentos suficientes para atraer a una parte significativa de los votantes que hace un quinquenio siguieron confiando en las promesas de los ‘tories’ de que los problemas que siguieron a la salida de la UE no serían más que desajustes pasajeros. Esta moderación tampoco ha alienado a la facción más izquierdista del laborismo, que permite a Starmer retener a esos votantes y que tiene efectos colaterales muy significativos, como la sangría de votos del Partido Nacional Escocés.

La derrota ‘tory’ (mucho más significativa que el moderado ascenso de voto laborista) se ha visto agravada por el crecimiento del Partido Liberal Demócrata, que ha captado a votantes conservadores moderados hasta consolidar una presencia significativa en la Cámara de los Comunes a pesar de que el sistema electoral le es del todo adverso. Y también ha contribuido al hundimiento ‘tory’ la competencia del Reform UK, el nuevo partido del populista Nigel Farage, que tendrá una representación irrelevante en el Parlamento pero que ha restado votos decisivos a candidatos conservadores en muchas circunscripciones (o, más bien, los ha rescatado de la abstención).

El desempeño de Farage abre una gran incógnita sobre su capacidad para absorber en el futuro el deslizamiento del voto ultranacionalista del Partido Conservador de forma parecida a como sucede en el resto de Europa con la extrema derecha.

En la reacción de los electores británicos se detectan dosis intensivas de realismo, pero también la voluntad de castigar a quienes sumieron al país en el desorden y permitieron la erosión acrecentada del Estado del bienestar. Los escándalos que pespuntearon el mandato del imprevisible Boris Johnson, el programa ultraliberal de la efímera Liz Truss y la incapacidad de Rishi Sunak de sacar al país del marasmo llevaron a los conservadores a acumular un pasivo político extremadamente alto que, en última instancia, realza la excepcionalidad británica: mientras al otro lado del canal los corrimientos electorales son casi siempre en dirección a la derecha extrema, en las islas la rectificación política se ha producido en sentido contrario. Un comportamiento que ha dejado en evidencia a los predicadores del Brexit, que en 2016 lograron la victoria en el referéndum con un programa de promesas fantasiosas, alentadas desde Estados Unidos por Donald Trump, y que se ha revelado falaz a la hora de la verdad.

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