Opinión | Cosas

La Bounty

Aquella ‘formulita’ de Montesquieu sigue siendo el principal garante de no incurrir en mesianismos de tintes democráticos

Al fiscal general esas gafitas redondas le dan un aspecto decimonónico -de Franz Schubert, quizá-. Pero hay que remontarse a finales del XVIII para asemejar lo que está ocurriendo en el Ministerio Fiscal. El mismo año de la Revolución francesa es el del motín de la Bounty, ese buque de la Real Armada Británica que zarpó hacia Tahití para provisionarse del árbol del pan. Un clásico del cine de aventuras, una joyita para galanes pues el papel del amotinado Fletcher Christian ha sido interpretado por Clark Gable, Marlon Brando y Mel Gibson.

Ahora podría Javier Zaragoza asumir ese rol y largar el foque y la gavia hacia los mares del sur. Zaragoza es uno de los fiscales del procés, todos ellos dispuestos a plantar batalla a García Ortiz, el émulo del severo capitán William Bligh -al que dejaron en un bote con sus leales los triunfadores del motín-. Los rebeldes han forzado la convocatoria de la Junta de Fiscales de Sala, pidiendo activar el artículo 27 del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, con el que intentar solventar las discrepancias entre superiores y subordinados. Porque los fiscales del procés son sabedores de su sometimiento al principio de dependencia jerárquica, pero tanto ellos como el señor Bligh son conscientes que la aplicación de la Ley de la Amnistía viene a ser como doblar el cabo de Hornos.

Los boquetes de legalidad pueden hacer agua a este propósito, y una de las vías más importantes, que afectarían a la línea de flotación, partiría del delito de malversación. García Ortiz distingue entre «ánimo de lucro» y «enriquecimiento», asumiendo que aunque los líderes independentistas «obraron con ánimo de lucro», no lo hicieron con el propósito de un enriquecimiento personal. Lo cual vuelve a dar prelación al hurto de una gallina frente al ostentoso montaje de una embajada. Ese matiz del fiscal general le recuerda a uno aquella canción de Lolita que decía «Sí, te olvidé, pero sin dejar de amarte»: o incongruencia o particular memoria selectiva.

No podemos saturarnos de candidez. No es Perogrullo que el poder judicial quiera hacer ejercicio de su poder, igual que el enroque conservador no se sustenta en el idealismo de un caballero andante. Pero a pesar de bambalinas y esas trazas espurias, el contrapeso en aquella formulita de Montesquieu sigue siendo el principal garante de no incurrir en mesianismos de tintes democráticos, aquellos que por fines demoscópicos propios y por el cortoplacismo achatan las razones de Estado. De un Estado de derecho por más señas. No veo a los fiscales del procés navegar a la deriva. Más bien es el fiscal general el que tiene que achicar agua para no ahogarse en esas fintas interpretativas.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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